Este artículo es la continuación de los dos textos anteriores dedicados a la esperanza: Más allá de la calima, ¿miedo o esperanza?, y La esperanza es mujer. En ellos, he reflexionado sobre cómo el pesimismo es alimentado por ciertos sectores ideológicos, especialmente la ultraderecha, pero también he señalado que la esperanza es el motor necesario para la acción y el cambio social.
Desde mi balcón, la ligera brisa matinal que me acaricia trae consigo el eco del frescor nocturno; un pelete que acrecienta la angustia por ese futuro que nos maneja según los designios del algoritmo: leemos lo que nos sugiere, opinamos según nos dirige y nos indignamos al son que nos marca. Existimos en un espejismo alentado por ese mismo algoritmo de la ultraderecha, donde la esperanza tiende a desaparecer; solo vemos su silueta distante. Creemos que se acerca, pero se aleja al tiempo que nos infunde un sufrimiento que nos impide ver la realidad: nos ha convertido en ciegos antes de perder la vista.
Una ceguera que ha engendrado un páramo intelectual, un proceso de aculturización sin fin. Una desertificación que gana terreno sin cesar, convirtiéndonos en seres superfluos e incapaces de hacerle frente.
A veces es bueno amar
aunque sea ingrato,
o estar solo, aunque sea difícil.
El deseo de acercarse a lo mejor
nos condena a lo peor.
A veces, la verdadera pasión,
fruto de dos soledades,
perdura, aunque sea difícil.
Mientras exista y resista
hay esperanza.
Resistir
es
existir.
—José L. Regojo, ´Resistir´, en ‘El pino’, Ed. Ondina.
Este miedo colectivo nos conduce a una actitud conformista de alienación: como corderos camino al matadero. De todas formas, según se mire, ese temor tiene un efecto positivo: genera una rebeldía que busca esperanza. Sin embargo, ¿qué tipo de esperanza? ¿Aquella esperanzada que nos hace creer que, aunque nos hundamos hasta el fondo, aún llegaremos a pisar suelo firme? ¿O la desesperanzada que nos acompaña hasta ahogarnos, porque el fondo es más profundo de lo que creíamos?
La esperanza es… la medida de nuestra capacidad de esforzarnos por algo simplemente porque es bueno, y no porque su éxito esté garantizado…. No es el convencimiento de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, al margen de cómo salga luego.
—Václav Havel, escritor y expresidente de Checoslovaquia.
La esperanza esperanzada nos invita a soñar con el futuro. Nos lleva desde lo-de-toda-la-vida a la novedad: evolucionamos con la convicción de que nuestras acciones tienen sentido, sin importar el resultado. Esta esperanza nos aleja de los cromañones de la ultraderecha y nos acerca a la juventud que nos rodea: deportista, trabajadora, cariñosa, estudiosa y amable.
Cuando empecé a escribir estos artículos, sumido en el pesimismo de la calima, intenté mostrar que la esperanza no es un sentimiento pasivo, sino una forma de acción. Denuncié cómo la ultraderecha utiliza el miedo y las noticias falsas para someter a la sociedad. A continuación, exterioricé cómo la esperanza es una fuerza activa que resiste la opresión y está vinculada al poder transformador de las mujeres. Por último, he llegado a la conclusión de la necesidad de una esperanza activa que combata la desesperanza y el miedo colectivo: ese no-se-puede-hacer-nada que nos paraliza.
Seremos la oportunidad de la tierra cuando todos hayan olvidado cómo se siembran las palabras.
—Daniel María, ´La soledad de los retratos´, en ´Falconetti sobre fondo rosa´, Ed. La Palma.
Mientras los vientos Alisios, acompañados por su suave lluvia reparadora, nos muestren el arcoíris tras la calima y se oiga el canto de un gallo al amanecer, habrá esperanza.
Si te ha gustado este artículo, puedes leer La esperanza es mujer
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