Ana Nayra
Ana Nayra Gorrín Navarro

Cuando apretaba el gatillo, no pensaba en nada. Nunca veía una vida humana al otro lado del arma; solo veía un plato de comida caliente, una juerga repleta de alcohol y drogas, y las felicitaciones de mis compañeros. Éramos un ejército sin cuartel, los representantes del Diablo en la Tierra.

Después de matar a alguien, siempre se desataba una celebración a mi alrededor. Era un ritual, una costumbre inquebrantable. Así debía ser. Nuestros jefes nos alimentaban únicamente cuando cumplíamos una misión. También nos daban alcohol y drogas. Decían que así la vida sería más fácil para nosotros.

Tengo 15 años. Hace dos que vivo lejos del infierno. A los 9, me arrancaron de mi hogar. Mi padre había ido a la ciudad en busca de alimentos básicos para que pudiéramos subsistir, y mis hermanos (de 1 y 3 años) y yo nos quedamos en casa mientras mi madre amamantaba al pequeño. Mi nombre es lo único que me une a mi familia. No sé nada de ellos desde hace años: no sé dónde están, no sé si algún día los encontraré, ni siquiera si me aceptarían de nuevo entre ellos.

Aún resuenan en mis oídos los gritos desesperados de mi madre, suplicando que me dejaran en el suelo. Ellos irrumpieron con fusiles en mano, arrasaron con todo, me alzaron en brazos y me arrojaron a la parte trasera de una camioneta repleta de niños tan aterrados como yo. A mi madre la encañonaron y le exigieron que dejara de gritar o nos matarían a todos. Mis hermanos eran demasiado pequeños para ser secuestrados, pero le advirtieron que regresarían a por ellos.

Mi única esperanza es imaginar que lograron escapar, que encontraron refugio y que, en algún rincón de paz, tuvieron una vida feliz.

Mi nombre es Isaac. Soy del Chad y he sido un niño soldado. Hace dos años fui rescatado gracias a una ONG que protege los derechos de la infancia en África. Es ahora cuando empiezo a ser consciente de mi tragedia. Ahora, cuando los sentimientos que llevaba congelados por golpes, humillaciones, hambre, torturas y violaciones comienzan a aflorar, recordándome que soy un ser humano.

Moldearon mi mente y mi cuerpo para convertirme en una máquina de matar, pero he tenido la fortuna de encontrar personas que me están ayudando en todos los aspectos. Soy adicto a las drogas; todavía lucho cada día por dejarlas. Con el alcohol me va algo mejor: ahora mismo llevo dos meses sin probar una sola gota.

En el centro que me acogió, me dan comida a diario, puedo asearme, vestirme decentemente y llevar zapatos. Cada tarde participo en charlas grupales. Por las mañanas trabajamos en la agricultura y, por las tardes, asistimos a clase. Prácticamente, era analfabeto, pero ahora estoy empezando a leer y escribir.


Tengo recuerdos nítidos de mi madre. En el centro, una de las maestras me la recuerda mucho; creo que es por su mirada dulce. ¡Mi madre siempre me miraba con tanta ternura! Daría mi vida entera por volver a verla, por abrazarla, por pedirle perdón por haberme dejado arrastrar por esos tiranos. Daría lo que fuera por saber que mis padres y mis hermanos están bien. ¡Lo que fuera!


Me consuelo pensando que Dios me ha dado la oportunidad de hacer el bien, y que algún día podrá perdonarme por todo el mal que he causado. También espero poder perdonar a quienes me hicieron daño. Algún día... Cuando las pesadillas desaparezcan; cuando deje de verme apretando el gatillo y matando a personas inocentes; cuando ya no sueñe que me encadenan al suelo, que me torturan hasta perder el sentido, y que despierto con la boca seca, desnudo y cubierto de sangre. Algún día...

Esta breve historia es solo producto de mi imaginación, pero, por desgracia, está basada en hechos reales. Cada día, miles de niños son secuestrados en diversos países del mundo (Nepal, Chad, entre otros) para ser utilizados como niños soldados. Niños y niñas esclavizados, alcoholizados, drogados, torturados, violados y obligados a matar a cambio de un simple plato de comida. Muy pocos logran ser rescatados, y menos aún consiguen rehacer sus vidas sin secuelas físicas y psíquicas que les impidan llevar una vida normal como el resto de los mortales. Debemos luchar contra esta lacra. No podemos permitir que los niños y niñas sigan sufriendo. Ahora que está de moda hablar de derechos humanos y democracias, ahora que la palabra libertad se emplea tan a la ligera, no debemos olvidar que nuestra dignidad como seres humanos pasa necesariamente por proteger a los más vulnerables: nuestros niños y niñas.

Todos los adultos/as del mundo tenemos la obligación de defender y proteger a los niños y niñas de este planeta. A continuación, te presento una selección de libros escritos por autores españoles que abordan la temática de los niños soldado en África:

Antes de los años terribles
Autor: Víctor del Árbol. Esta novela narra la historia de Isaías Yoweri, un hombre de origen ugandés que, tras establecerse en Barcelona, se ve obligado a enfrentarse a su pasado como niño soldado en Uganda. La obra explora las cicatrices emocionales y los desafíos de la reintegración en la sociedad.

Un balón por una bala
Autor: Rafael Salmerón. Este libro cuenta la historia de Willy Wome, un exfutbolista originario de Sierra Leona que, tras retirarse, decide regresar a su país natal. A través de su viaje, se abordan temas como la guerra civil, el reclutamiento de niños soldado y el poder del deporte como herramienta de cambio y esperanza.

Suluku, la historia de un niño soldado en Sierra Leona
Autor: Chema Caballero. Este libro relata la vida de Suluku, un joven que fue reclutado como niño soldado en Sierra Leona. A través de su historia, el autor ofrece una visión profunda sobre las atrocidades vividas por estos niños y los esfuerzos de rehabilitación y reintegración en la sociedad.

Y a continuación te dejamos con la receta del mes.

Tarta de galletas María, leche condensada y coco rallado, receta tradicional de mi familia (tradición oral canaria).

Ingredientes:

  • 2 paquetes de galletas María (aproximadamente 400 g).
  • 1 lata de leche condensada (397 g).
  • 400 ml de leche.
  • 200 g de coco rallado.
  • 200 ml de nata para montar (crema de leche).
  • 2 cucharadas de azúcar glas (opcional).
  • 1 sobre de gelatina neutra o 6 hojas de gelatina.
  • 1 cucharadita de esencia de vainilla.
  • Coco rallado extra para decorar.

Preparación:

  1. Prepara el molde:
    • Engrasa un molde desmontable o cúbrelo con papel vegetal para facilitar el desmoldado.
  2. Hidrata la gelatina:
    • Si usas gelatina en polvo, hidrátala en 50 ml de leche fría. Si usas hojas de gelatina, sumérgelas en agua fría durante 5-10 minutos. Resérvala.
  3. Prepara la crema:
    • En un cazo, calienta la nata junto con la leche condensada a fuego lento, removiendo constantemente para que no se queme.
    • Añade la esencia de vainilla y mezcla.
    • Incorpora la gelatina ya hidratada (escurrida si es en hojas) y remueve hasta que se disuelva completamente. Retira del fuego y deja enfriar un poco.
  4. Monta la tarta:
    • Vierte la leche en un bol y sumerge las galletas María una a una para que se ablanden ligeramente (pero sin que se rompan).
    • Coloca una capa de galletas en la base del molde, cubriéndola completamente.
    • Añade una capa de la mezcla de crema y esparce un poco de coco rallado por encima.
    • Repite el proceso alternando capas de galletas, crema y coco rallado hasta acabar con los ingredientes. Asegúrate de que la última capa sea de crema.
  5. Decora:
    • Espolvorea coco rallado extra por toda la superficie de la tarta. Si lo deseas, añade algún adorno adicional como virutas de chocolate blanco o fruta fresca.
  6. Refrigeración:
    • Lleva la tarta al frigorífico y déjala enfriar durante al menos 4-6 horas, o mejor aún, toda la noche, para que se asiente bien.
  7. Desmolda y sirve:
    • Saca la tarta del molde con cuidado, colócala en un plato de servir y corta en porciones.

¡Disfruta de esta tarta deliciosa y sencilla, con todo el sabor del coco y la leche condensada!

www.ananayragorrin.com Link a la columna de la revista de febrero: https://www.actecanarias.es/es/node/1258

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