Leer es un proyecto creado por Berbel de Canarias y Sergio Estévez, dos escritores residentes en la isla de Gran Canaria, cuyo fin es cantar a tantos lugares entrañables de las islas y a sus pueblos y ciudades. Para honrar a la ciudad de San Cristóbal de La Laguna, me invitaron a participar en el proyecto junto a otros escritores de Tenerife. Debíamos crear un relato con un 40 % histórico y un 60 % de creación literaria. La lectura de dichos trabajos se celebró en la Real Sociedad Económica de Amigos del País, en su sede de La Laguna.
Es mi deseo compartir el mío con todos los lectores de nuestra revista.
LEER LA LAGUNA
DESPEDIDA AL JOVEN AGUSTÍN
Se ahogaba, la ciudad se ahogaba… Hacía tres días que no cesaba de llover, y casas, calles y plazas estaban empapadas. El sol no se dejaba ver desde hacía una semana, y la niebla invadía las calles sin dejar apenas visibilidad a los pocos transeúntes que se veían obligados a salir con un tiempo tan endemoniado. Un viento frío helaba los rostros de los atrevidos. Hacía mucho frío.
Una tarde más, los caballeros citados al Palacio de los Nava y Grimón no se arredraban por tan poca cosa. Eran valientes y, sobre todo, eran hombres de palabra. La cita de ese día tenía un objetivo especial: despedir a Agustín de Betancourt, hijo, que después de demostrar su inteligencia e inventiva en la Real Sociedad Económica de Amigos del País, no podía faltar, junto a su padre, a la velada del marqués de Villanueva del Prado, dedicada esa tarde al joven por su inminente partida.
Los curiosos que solían acercarse hasta los alrededores del palacio para ver llegar a tan ilustres invitados, eran, esa tarde fría, muy escasos o tal vez la niebla impedía que se les viera. El frío, el viento y la lluvia persistían.
Los invitados iban llegando a la hora prevista y eran recibidos por una doncella y un criado, encargados de retirarles las mojadas capas y chorreantes sombreros. Todos se frotaban las manos para hacerlas entrar en calor, cuando se quitaban los guantes.
Una voz segura y familiar les daba la bienvenida y les invitaba a acercarse al calor de la lumbre:
― ¡Pasen, amigos! Acérquense al fuego y tomen un buen trago para entrar en calor.
Los invitados no se hicieron de rogar y avanzaron hacia el anfitrión. Cuando hubo llegado el último de los invitados, la gran puerta se cerró.
Dentro del palacio se notaba el calor del hogar y el confort de la opulencia; no faltaron los elogios para el joven Agustín, parabienes y buenos deseos para el camino que ahora se abría ante él en la metrópolis. El marqués de Villanueva del Prado, alzando la copa llena de rojizo líquido, solicitó un brindis por el afortunado muchacho y por su orgulloso padre.
Para otro día dejaron los temas políticos y culturales. Fuera, seguía lloviendo y el viento azotando todo cuanto encontraba a su paso.
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