Matale
Matale Arozena

Lorenzo y Blas vivían en el mismo pueblo. El mismo que había visto a tanta gente, sobre todo jóvenes y padres de familia, marcharse tras la esperanza, la ilusión y la aventura.

Fueron a la escuela juntos, siendo también compañeros de juegos.  Juntos pasaron una infancia sencilla y a veces carente de medios, pero siempre felices entre familiares, amigos y gentes del pueblo.

 Blas, tercer varón de cuatro hermanos, era un poco mayor que Lorenzo, que tenía una hermana, Margarita, a la que le llevaba un par de años. Cuando alcanzaron la adolescencia, los tres se convirtieron en inseparables compañeros de vida, siendo como hermanos. Bueno, entre Margarita y Blas se entretejió una relación que poco a poco se convirtió en una preciosa historia de amor con sus mariposas en el estómago, sus caricias temblorosas, sus rubores y sus besos furtivos.

Salían los tres y Lorenzo a veces se despistaba para dejar solos a los tortolitos. Él estaba orgulloso de esos amores adolescentes y sus padres sentían que su hija estaba segura entre ellos.

Así fueron madurando y empezaron a pensar en lo que les depararía el futuro. Margarita deseaba ser o enfermera o maestra y se aplicó en los estudios, haciéndose maestra con un buen futuro.

Blas y Lorenzo decidieron un día buscar un futuro allá donde tantos fueron a buscar su destino y tal vez, fortuna. Marcharon juntos a Cuba, donde tenían referentes de gente del pueblo que los podía ayudar.

Margarita resignada ante la decisión de los dos, quedó en el pueblo guardando en su corazón la promesa del regreso, al cabo de un tiempo de su amor y también de su querido hermano.

Llegaron a Cuba y se asentaron en Santa Clara, donde conocían a unos cuantos de su pueblo que habían emigrado antes y allí empezaron a construir su futuro. 

Lorenzo trabajó con ahínco y se enamoró perdidamente de una joven  cubana, hija del capataz de la hacienda donde trabajaba y allí permaneció hasta su muerte 

Blas escribía con regularidad a Margarita que leía cientos de veces las palabras de su amor, besando cada una de ellas otras tantas veces. Ella le contestaba con añoranza y en sus cartas le preguntaba por su vuelta. A él le fue muy bien, pero el regreso se posponía una y otra vez. Empezó enviándole en cada carta una flor, cada vez distinta, como señal de su amor por ella.

Así estuvieron durante años, hasta que las cartas y las flores de Blas se fueron espaciando. Margarita siguió escribiendo a Blas hasta que empezaron a devolverle las cartas. 

Ni ella ni su familia volvieron a saber de él.

Margarita tenía muy buena relación con los sobrinos de Blas y una de sus sobrinas, María, la quería como si fuera su madre. Siempre recordaban a Blas con tristeza y no se explicaban qué misterio envolvía su desaparición. 

Margarita nunca se casó y siempre mantuvo la esperanza del reencuentro. María colmaba su soledad, siempre pendiente de ella y siendo su compañía en todo momento. 

Un día en el que Margarita estaba en la escuela, ayudando a las nuevas profesoras y regalándoles su dilatada experiencia en la enseñanza, llegó el cartero con un paquete para Margarita. Era algo extraño, pues no traía remite. Eso sí, procedía de Cuba. La joven corrió a la escuela, pues tenía un extraño presentimiento. Se le arrebató el corazón y quería salir de dudas cuanto antes.

Al llegar a la escuela buscó rápidamente a Margarita y le entregó el paquete. Al recibirlo, extrañada, pues no esperaba ningún envío, sintió como su corazón se rompía en mil pedazos, aquellos con los que había querido tanto. Se sentó, abrió el paquete y vio su contenido: eran un fajo de cartas y un libro.

Las cartas eran todas las que Margarita le envió hasta el momento en el que le empezaron a ser devueltas. El libro, “Los pasos perdidos” de Alejo Carpentier. Dentro y en casi todo el libro regadas entre las hojas, como adornando las letras, flores iguales a las que él le envió en las cartas.

Nunca se supo quién envió ese tesoro a Margarita. Se quedó hojeando y contemplando el libro. Las lágrimas rodaron por sus mejillas como queriendo reunirse con las flores. Se las enjugó y se dirigió presurosa, acompañada de María, a casa.  Subió a su dormitorio, abrió el tocador y sacó una caja mediana donde había guardado las cartas enviadas por Blas, ajadas de tanto acariciar con los ojos y las manos sus palabras cosidas primorosamente al papel.

Y contemplando todo aquel regalo, ató las cartas, todas juntas, con una cinta de seda. Depositó el libro de las flores en el fondo de la caja y las cartas sobre él. Y musitó.- Ahora todo está donde debe estar.

Siempre me gustó esta balada compuesta por José Luis Armenteros /Pablo Herreros en 1972 y con arreglos de Maryní Callejo y que hizo famosa el malogrado cantante valenciano Nino Bravo. Voz poderosa y poética a un tiempo. Fue un éxito arrollador en la primera década de los 70.

El cantante falleció en 1973 a los 28 años y cuando escucho la canción surge en mí un sentimiento premonitorio de su muerte. 

En YouTube encontraréis esta preciosa canción

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