Pablo Martín
Pablo Martín López

El reparto de roles en cada grupo-clase entre el alumnado existe desde el principio de la historia de la enseñanza: el empollón, el gracioso, el líder, el indiferente, el adulador, el preguntón… Hay esencias que no se alteran, aunque se vistan de diferentes ropajes legislativos, tildan de muy adaptados a las exigencias de una sociedad tan cambiante y cada vez más competitiva.

Nos atiborran con avalanchas de tecnicismos, infinidad de requisitos burocráticos para facilitar-mejorar-precisar —afirman— el aprendizaje de un alumnado enredado en la paradoja de las nuevas tecnologías, el proteccionismo y la obligación de los docentes de que lo cuantitativo prime sobre la calidad: reducir el absentismo, aumentar el porcentaje de aprobados, redactar un detallado informe sobre las razones por las que excepcionalmente un alumno sea propuesto para la repetición de un curso, después de haber implementado medidas de recuperación, motivadoras…

Y todo esto para que, en la mayoría de los casos, estos jóvenes vayan transitando por los diferentes niveles educativos con mayores deficiencias. Con menos saberes básicos, más expertos en reclamaciones sin fundamento, cuestionando desde la ignorancia los conocimientos del profesorado y su metodología, proclamando su racanería a la hora de evaluar-calificar los 19 criterios de evaluación distribuidos en las 10 competencias, 19 calificaciones debidamente recogidas con rigor y objetividad en cada alumno/a.

A cuarta hora, después del recreo, como siempre, los de siempre se incorporaban al aula con retraso. Don Pedro, por enésima ocasión, registraba en la aplicación educativa los minutos, aunque era muy consciente de que de nada había servido hasta el momento; como tampoco lo había hecho repetirles una y otra y otra vez, que hay que ser puntuales. Perdón, profe, estaba hablando de algo importante con el de Mates; lo siento, no escuché el timbre; tuve que acompañar a un compañero a su clase…

Cada día se añadía alguna sinrazón más a la lista. El caso es que los diez minutos iniciales de la clase se volatilizaban.

En la Classroom del grupo, don Pedro iba colocando todo el material de lengua y literatura, siempre con suficiente antelación para que el alumnado pudiese acceder a él, descargarlo e imprimirlo. También dejaba en la conserjería del instituto una copia de los mismos por si preferían adquirirlos en el centro. Se adjuntaban las tareas, las pautas para la elaboración de trabajos, todo lo necesario para tener a un clic la información de la materia actualizada.

Después de una semana de iniciado el tema, don Pedro seguía preguntando al alumnado de 2.º Bachillerato C quiénes tenían el material en clase. De las 27 personas, cinco o seis levantaron la mano; el resto se limitó a esgrimir razones inverosímiles que justificaban la dejadez.

Anotaba pacientemente la incidencia don Pedro en su diario académico, al igual que los nombres de los tres o cuatro que ese día aportaron las tareas resueltas en casa. Pese al reiterado discurso del profesor, las reacciones del alumnado se ciñeron a las promesas de que mañana se pondrían al día.

Reinició don Pedro las explicaciones, esto es muy importante, se os preguntará en la PAU, tomad nota, por favor —manifestó mientras Antonio hablaba cada poco con su compañero Diego, María metía las manos en la mochila que reposaba sobre su mesa para consultar en el móvil algo más interesante, Yurena se giraba hacia atrás para pedirle a Carolina que tomara nota ella y que se lo pasara en foto más tarde, Marcos continuaba haciéndose la estatua perdido en la contemplación del vacío; Alberto levantaba la mano, alzaba la voz para que el profesor repitiera todo desde el principio, que no se escuchaba bien desde atrás…—.

Don Pedro reclamaba, como el maestro del poema Recuerdo infantil de Antonio Machado, con timbre sonoro y hueco, silencio, sensatez, responsabilidad, respeto… Se extiende el sosiego sobre la clase, la tregua permite el avance, aunque solo unos pocos anotan en sus cuadernos lo que detalla en la pizarra el profesor de lengua y literatura, el resto simula atención, de fondo el inevitable susurro de los que sufren incontinencia verbal.

En consulta de dudas, las manos habituales se elevan al cielo del aula. Don Pedro aclara, aporta nuevos ejemplos contextualizados en la realidad del momento. Entonces, en la fila de la derecha, casi al fondo, percibe la acrobática postura de Martínez, Roberto Martínez; pierna derecha flexionada encima de la silla, la zapatilla blanca con el calcetín gris sobre ella en el suelo. El torso inclinado hacia adelante, con una mano iba colocando trozos de papel entre los dedos de ese pie, con la otra sostenía el pincel del típex con el que iba minuciosamente cubriendo de una capa blanca cada uña. Absorto, entregado por completo a la labor cosmética, con apuntes de otra materia en su mesa, el estuche ocultando el envase del líquido corrector.

―Martínez, hola señor Martínez, está usted muy concentrado tomando nota— interrumpió la explicación don Pedro. Tardó unos segundos Roberto en sentir la mirada de la clase en pleno sobre su pie derecho. La risa generalizada, el huracán de comentarios lo devoró todo, incluso las súplicas del alumno para tratar de explicar lo inexplicable. Sirva de pincelada este boceto de la realidad de una clase a las puertas de la universidad. Por fortuna, siempre existirán honrosas y muy respetables excepciones que velan por un futuro mejor.

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