SECCIÓN: LENGUA VIVA
Nuevo curso, nueva etapa, nuevo capítulo en esta andadura por la sección Lengua Viva; siempre feliz y muy agradecido por esta oportunidad de continuar visibilizando la intrahistoria en algunos centros de enseñanza.
CANIBALISMO
Dos plantas, dos entradas. Arriba, el aulario; abajo, las zonas comunes, despachos, administración, minúscula cafetería, la garita para el conserje desde donde controlar el acceso diferenciado al centro, por este el del profesorado, resto de personal laboral, familiares,... nunca el alumnado, salvo excepciones bien justificadas.
Curso iniciado, primer trimestre, ya había corrido el tiempo suficiente como para ir detectando lagunas académicas, tensiones y conflictos entre algunos alumnos, también había florecido el ramillete de chicos/as brillantes. La rutina imperaba durante la semana, encajando las piezas del rompecabezas de un curso más, sin sobresaltos, sin aspavientos que atravesasen los muros del edificio, todo se cocinaba dentro.
Nada en el ambiente mostraba indicios de la tormenta que venía fraguándose desde hacía días, semanas tal vez.
El sonido estridente de la sirena anunciaba el inicio del recreo, las 10.45 h. La marea humana inundó de repente los pasillos, las escaleras hasta desembocar en la zona exterior: porche, patios, jardines y pabellón cubierto. Muy pronto esto se llenó de color, griterío, mezcolanza de olores, movimientos incesantes; en definitiva, vida en ebullición.
El profesorado de guardia fue ocupando con ritmo dispar las posiciones asignadas; el jefe de estudios controlando desde su atalaya, puerta de acceso a los patios, recordando que hay que incorporarse a la guardia con celeridad. Aquel día, Dª Isabel se había retrasado, lo habitual: por el pasillo de la planta principal comentaba esto y aquello con uno y otro compañero mientras iba desenvolviendo un bocadillo, olía a tortilla. No tenía claro la zona que le correspondía, siempre lo olvidaba. Tuvo que comprobarlo en el registro de firmas del equipo de guardia: patio central, cancha de baloncesto, alrededores del pabellón, puerta principal para el alumnado. Esta última quedaba libre.
D. Carlos, jefe de estudios, le soltó una de sus frases favoritas: Llegas tarde, Isabel. Tendremos que hablar en mi despacho un día de estos. La profesora se limitó a sonreír, continuó masticando y enfiló hacia la puerta cubierta en la parte superior con una tupida red verde que aislaba del mundo exterior. D. Carlos echó un último vistazo antes de dirigirse a la cafetería. Todo en orden.
La quietud, el deleite de Dª Isabel cobraba cuerpo, todo apuntaba a un recreo más, plano, sin sobresaltos. Una zona tranquila dentro del bullicio acostumbrado de los deportistas incansables, compitiendo sobre las canchas, intentando exprimir al máximo la media hora de libertad.
No lo sé, profe. De repente la vi detrás de Yurena y sobre la marcha desapareció -le respondía temblando una chica de unos 13 años, pelo largo recogido en una coleta. D. Ricardo, profesor de guardia, acelerado, no daba crédito a lo que empezaban a reconstruirle.
Sí, sí; fue Irina la que se acercó a Yurena por la espalda, le tocó el hombro para que girase la cara -añadía otra testigo, elevando considerablemente el volumen de voz.
Tuvo que gritar mucho el profesor de guardia para intentar detener la avalancha humana que iba engullendo el lugar del incidente. La situación se disparataba: Yurena arrinconada, sangrando, un torrente de lágrimas completaba su rostro; el círculo de curiosos se estrechaba sin tregua; los testimonios se tornaron inaudibles,... cuestión de segundos. La chiquillería había explotado arrasando todo a su paso.
¡¡Apártense, dejen paso!! -repetía Dª Isabel a grito pelado desde su timbre atronador para abrirse camino entre la muchedumbre. En medio de la vorágine, alguna alma caritativa había dado la voz de alarma. La sirena, su sonido metálico, se imponía sobre el caos al menos cinco minutos antes de lo estipulado.
La medida disuasoria vino acompañada por la presencia del equipo directivo al completo, avivando el regreso a las aulas.
No, no. Ustedes se quedan aquí; hay que aclarar esto -ordenó D. Ricardo a las dos chicas implicadas. Dª Isabel corría con Yurena hacia la conserjería, al botiquín de primeros auxilios. D. Carlos, móvil en mano, alertaba al centro de salud más próximo, urgía una ambulancia.
¿¡Qué narices ha pasado aquí, Ricardo!? Que alguien competente me lo explique ya -irrumpió el director en la escena. Esto es inadmisible, intolerable... ¡violencia cerooo! Al menor descuido esto se convierte en un campo de batalla; ¡no se puede bajar la guardia! -respiró a duras penas. ¿Qué van a decir las familias en cuanto se enteren? Y soy yo quien tiene que dar la cara, no se puede fiar uno de nadie; ineptos, incompetentes... Vengan a mi despacho Carlos, Ricardo y las testigos, sin perder un segundo, ¡¡yaaa!!.
La sirena móvil no se hizo esperar. El equipo médico trasladó a Yurena al centro de salud, aturdida, muy nerviosa. Desde las ventanas de la primera planta, los curiosos no perdían detalle: una camilla, el apósito en el pómulo izquierdo, restos de sangre sobre la sudadera, el rostro pálido, la mirada extraviada...
Yo estaba junto a Yurena, hablando de nuestras cosas tranquilamente. Apareció Irina, sí, la follonera... Vete al grano, los hechos -le instó el director a la adolescente de coleta. Continuó la chica: Apareció como un fantasma, le golpeó el hombro, llegó por detrás, la cobarde... -D. Carlos le recordó, insistió que se limitase a contar los hechos, sin valoraciones personales. Yurena volvió la cara y zas, Irina se abalanzó como un animal sobre ella, como si le fuera a dar un beso de Judas. Visto y no visto. Se llevó nuestra amiga las manos a la cara, empezaba a salirle sangre por el lado izquierdo. Fue todo tan rápido. Lo mismo que llegó desapareció la cochina cobarde; algunos decían que al alejarse iba escupiendo algo...
Sí, sí, yo lo vi; era como un cacho de carne -intervino la otra testigo. La muy guarra y encima se iba riendo, le vi los dientes manchados de sangre. Me revolvió las tripas; si la cojo en ese momento... -La detuvo en ese instante el director, solo necesitaba hechos.
A D. Ricardo le tocó la reprimenda sobre la marcha, en presencia de las chicas y del jefe de estudios. Dª Isabel siguió abonada a los retrasos en las guardias, incluso su actuación con Yurena la convirtieron en ejemplar.
Unos cuantos puntos de sutura, atención psicológica hasta su recuperación. El trocito de carne no pudo recuperarse, quizás pasase de suela en suela sin el menor reparo. Por suerte Yurena nunca más tuvo que lidiar con Irina en el centro, había sido expulsada. Jamás se desveló el motivo de la agresión; el distanciamiento y el tiempo cubrieron de olvido el incidente, aunque no la cicatriz personal.
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