
Hay emociones que reconocemos con cierta facilidad. Decimos que estamos tristes, enfadados, preocupados, incluso que tenemos miedo. Sin embargo, existe una que nos cuesta especialmente admitir: la envidia.
Pocas personas dicen abiertamente: «Siento envidia».
Quizá porque durante siglos la hemos colocado exclusivamente en el territorio de los defectos morales, asociándola a la mezquindad, al resentimiento o a una cierta pobreza interior. Sin embargo, si queremos comprenderla, necesitamos apartarnos por un momento del juicio y acercarnos a ella como lo que también es: una emoción profundamente humana relacionada con la comparación y con la percepción que tenemos de nuestro propio valor.
La palabra envidia procede del latín invidia, relacionada con invidere: mirar desfavorablemente, mirar con malos ojos. Resulta significativo que en su propia raíz aparezca la mirada, porque la envidia comienza muchas veces mirando hacia fuera, aunque aquello que realmente está removiendo se encuentre dentro.
No envidiamos solamente lo que posee el otro. Envidiamos lo que aquello representa para nosotros.
El reconocimiento de alguien puede recordarnos nuestra necesidad de ser reconocidos. Su éxito puede enfrentarnos a nuestros proyectos aplazados. Su libertad puede mostrarnos nuestras propias ataduras. Su seguridad puede poner delante de nosotros nuestras inseguridades. Incluso la serenidad o la alegría de otra persona pueden incomodarnos cuando nosotros atravesamos un momento en el que hemos perdido ambas.
Por eso podríamos comenzar con una idea sencilla: La envidia señala hacia fuera, pero habla de dentro.
La envidia no es una enfermedad ni constituye por sí misma un trastorno psicológico. Es una emoción y, como otras emociones, puede ofrecernos información.
El problema comienza cuando dejamos de escuchar esa información y permitimos que la comparación determine nuestra manera de relacionarnos con los demás.
Ante el éxito de otra persona podemos pensar: «Me gustaría conseguir algo parecido. ¿Qué puedo aprender de ella?». Pero también podemos recorrer un camino completamente diferente: «Si yo no puedo tenerlo, necesito demostrar que aquello que tiene tampoco vale tanto».
Es entonces cuando la envidia puede transformarse en resentimiento.
Aparecen la crítica fácil, la burla, la ironía constante, la minimización de los logros ajenos o la búsqueda insistente de defectos.
«Tampoco es para tanto».
«Cualquiera podría hacerlo».
«Ha tenido suerte».
«Ya sabemos cómo consiguió llegar hasta ahí».
No siempre existe envidia detrás de estas expresiones, naturalmente, pero algunas veces cumplen una función psicológica muy concreta: rebajar el valor del otro para aliviar momentáneamente nuestra propia sensación de insuficiencia.
Aquí resulta especialmente interesante acercarnos al pensamiento del médico y psicoterapeuta austríaco Alfred Adler, fundador de la Psicología Individual.
Adler concedió una enorme importancia a los sentimientos de inferioridad. Para él, experimentar cierta insuficiencia forma parte de la condición humana. Desde nuestros primeros años descubrimos nuestra vulnerabilidad, nuestra dependencia y nuestras limitaciones. Más adelante seguimos encontrándonos con personas que saben más, poseen determinadas capacidades, reciben reconocimiento o han alcanzado objetivos que nosotros todavía no hemos conseguido.
Sentirse inferior en determinados momentos no significa necesariamente tener un problema psicológico.
La cuestión fundamental es: ¿Qué hacemos con ese sentimiento?
Podemos reconocer una limitación y convertirla en impulso: aprender, esforzarnos, desarrollarnos, cooperar, pedir ayuda, crear.
Pero también podemos intentar compensarla de otra manera: en lugar de crecer nosotros, intentar disminuir al otro.
Aquí aparece una de las ideas más interesantes de Adler.
Tendemos a pensar que inferioridad y superioridad son estados completamente opuestos. Sin embargo, psicológicamente pueden encontrarse mucho más cerca de lo que imaginamos.
Adler describió el complejo de superioridad como una posible forma de compensación de sentimientos de inferioridad. Una persona puede construir una imagen exagerada de sí misma, necesitar demostrar constantemente su capacidad o colocarse por encima de los demás porque necesita protegerse de una percepción interior de insuficiencia.
La paradoja es extraordinaria: Puedo sentirme pequeño y dedicar una enorme cantidad de energía a demostrar que soy grande.
Entonces ya no basta con reconocer nuestro propio valor. Necesitamos establecer comparaciones que nos permitan sentirnos superiores.
Yo sé más.
Yo tengo más experiencia.
Yo lo habría hecho mejor.
Yo poseo mejor criterio.
El otro se equivoca; yo tengo razón.
Y cuando esta necesidad se vuelve habitual, las relaciones pueden transformarse en una especie de clasificación permanente de seres humanos: quién está arriba, quién está abajo, quién merece reconocimiento y quién debe ser desacreditado.
La superioridad deja entonces de ser seguridad.
Porque una persona segura de su propio valor no necesita demostrar permanentemente que vale más que los demás.
Esta diferencia me parece fundamental.
No es lo mismo reconocer nuestras capacidades que sentirnos superiores. Podemos saber que hacemos bien determinadas cosas, sentir orgullo por nuestro trabajo y reconocer nuestros logros sin necesidad de convertirlos en instrumentos de comparación.
El sentimiento de superioridad comienza a resultar problemático cuando nuestro valor necesita construirse sobre la inferioridad atribuida al otro.
No me basta con sentir que valgo; necesito sentir que valgo más que tú.
Y ahí inferioridad, superioridad y envidia pueden encontrarse.
Puede parecer contradictorio que una persona envidiosa manifieste al mismo tiempo una actitud de superioridad.
Sin embargo, tiene sentido.
Cuando alguien despierta en nosotros una sensación incómoda de inferioridad, podemos intentar restablecer nuestro equilibrio psicológico situándonos simbólicamente por encima.
Si no puedo superar tu logro, puedo desacreditarlo.
Si tu reconocimiento me incomoda, puedo cuestionar que lo merezcas.
Si tu capacidad amenaza la imagen que tengo de mí mismo, puedo buscar tus defectos.
Si tu luz me hace sentir pequeño, puedo intentar apagarla.
La superioridad puede convertirse así en una defensa frente a la comparación.
Y entonces aparece un círculo peligroso:
Me comparo → me siento inferior → necesito compensarlo → me sitúo por encima → desacredito al otro → recupero momentáneamente mi sensación de valor.
Pero es un alivio frágil. Necesitará repetirse cada vez que aparezca alguien que vuelva a cuestionar esa imagen.
Por eso la autoestima basada en la superioridad necesita constantemente adversarios, comparaciones y victorias.
Una autoestima más sólida funciona de otra manera.
No necesita que nadie pierda para sentirse valiosa.
Existe, sin embargo, una precaución necesaria.
Cuando alguien nos cuestiona, resulta muy cómodo pensar: «Me critica porque me tiene envidia» o «lo hace porque tiene complejo de inferioridad».
No necesariamente.
Una persona puede criticarnos porque estamos equivocados, porque nuestro trabajo puede mejorar o porque contempla la realidad desde otra perspectiva.
La crítica argumentada puede ser extraordinariamente útil.
Por eso necesitamos diferenciar la crítica constructiva de la crítica destructiva.
La primera cuestiona una conducta, una idea o un trabajo y permite el diálogo. La segunda busca fundamentalmente desacreditar, ridiculizar o disminuir a la persona.
La envidia o la necesidad de superioridad pueden encontrarse detrás de esta última, pero no podemos conocer automáticamente las motivaciones interiores de los demás.
Y aquí aparece una pregunta mucho más incómoda y, precisamente por eso, mucho más útil: ¿Hay algo verdadero en lo que esa persona está diciendo que pueda ayudarme a crecer?
Aceptar esa posibilidad también requiere autoestima.
Hay otro concepto de Adler que adquiere enorme importancia: el sentimiento de comunidad.
Una vida psicológicamente saludable no tendría que organizarse exclusivamente desde una lógica vertical en la que unos están arriba y otros abajo, unos ganan y otros pierden, unos brillan mientras otros quedan oscurecidos.
Porque cuando vivimos permanentemente desde esa lógica, cualquier éxito ajeno puede convertirse en amenaza.
Si tú subes, siento que yo bajo.
Si tú destacas, siento que desaparezco.
Si tú eres reconocido, siento que yo valgo menos.
Y entonces podemos quedar atrapados entre dos extremos aparentemente opuestos: sentirnos inferiores o necesitar sentirnos superiores.
Quizá exista una tercera posibilidad mucho más saludable: sentirnos valiosos sin necesidad de compararnos permanentemente.
Puedo reconocer tu talento sin negar el mío.
Puedo admirarte sin colocarme debajo.
Puedo sentir orgullo por lo que hago sin colocarme encima.
Puedo aprender de ti sin sentirme disminuido.
Puedo crecer sin necesitar vencerte.
Ahí comienza otra forma de relacionarnos.
Tu luz no disminuye la mía.
Tu éxito no determina mi fracaso.
Tu valor no amenaza el mío.
Y reconocer mi valor tampoco exige disminuir el tuyo.
Desde la mirada que continúo desarrollando en MAXIMÍN, quizá no necesitemos combatir la envidia, la comparación o incluso esa necesidad ocasional de sentirnos superiores. Podemos hacer algo más profundo: observarlas.
Cuando aparezcan, detenernos.
Cuando el éxito de alguien nos incomode, preguntarnos por qué.
Cuando sintamos la necesidad inmediata de desacreditar, observar qué emoción existe detrás.
Cuando queramos demostrar que somos mejores, preguntarnos para qué necesitamos hacerlo.
Quizá descubramos una necesidad de reconocimiento, una inseguridad, un sueño abandonado, una frustración o una parte de nosotros que necesita atención.
Entonces la persona que tenemos delante deja de ser exclusivamente un adversario y puede convertirse, involuntariamente, en un espejo.
Podemos atacar el espejo porque no nos gusta lo que refleja o podemos atrevernos a mirar.
Ahí aparece ese pequeño espacio interior que tantas veces olvidamos: el espacio entre lo que sentimos y lo que hacemos con aquello que sentimos.
Sentir. Detenernos. Observar. Comprender. Elegir.
La envidia puede llevarnos a intentar apagar la luz ajena o puede mostrarnos dónde necesitamos encender la nuestra. El sentimiento de inferioridad puede paralizarnos o impulsarnos a crecer. Y la necesidad de superioridad puede advertirnos de que quizá estamos buscando fuera una seguridad que todavía necesitamos construir dentro.
Tal vez madurar consista también en abandonar progresivamente esa necesidad de medir nuestra vida con la regla de los demás.
No necesitamos que alguien sea menos para sentir que nosotros somos más.
Porque cuando nuestro valor depende de estar por encima, siempre necesitaremos encontrar a alguien a quien colocar debajo.
Y quizá la verdadera autoestima comience precisamente cuando dejamos de preguntarnos «¿soy más o menos que el otro?» y empezamos a preguntarnos:
«¿Estoy viviendo de acuerdo con aquello que verdaderamente quiero ser?»
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