El 30 de junio marca la frontera entre dos realidades muy dispares para la gran mayoría de los docentes. Conquista de la libertad, adueñarse del tiempo. Incluso para don Pedro se transformaba su mundo: durante la última semana de junio organizaba las clases de verano en su academia, por las mañanas, unos tres o cuatro grupos de unas ocho personas, en función del alumnado que le llegase.

Quizá por nostalgia, quizá por vocación, quizá por cierta necesidad económica, quizá por simple costumbre –su inicio en la isla conejera está vinculado a la impartición de clases particulares; le reportaron no solo sustento, sino también reconocimiento-, quizá una mezcla de todo. Ya no se planteaba una razón, actuaba por inercia, para él no tener que madrugar, disfrutar de las tardes sin obligación alguna suponía el premio mayor, la gratificación por el endiablado ritmo durante el curso: mañanas de instituto y tardes de academia.

Aquel verano ya se debatía en los medios de comunicación sobre el cambio climático. Don Pedro había habilitado una habitación, al fondo de un pasillo descubierto, como aula, con un pequeño patio en el que se disfrutaba de agradable temperatura todo el año. Pese a ello, el alumnado, casi en su totalidad, aunque lo pasase bien durante la hora de clase, percibía como una condena asistir a la academia. Don Pedro se las ingeniaba para que la estancia fuera lo mejor posible, optimizando el tiempo, preparando lo realmente útil para las pruebas extraordinarias de septiembre, cuando aún existían también para la ESO.

Aunque el tiempo compartido se reducía a unos dos meses como máximo, eran muchas las anécdotas que surgían a lo largo de las mañanas de julio y agosto. Como muestra, estas pinceladas.

Toño, 14 años, tres materias suspendidas, la peor las Mates de 3ºESO. Lo había llevado el padre el primer día, a las diez, con la consigna de “machacar las indigestas matemáticas”, trabajarlas las horas que estimara necesarias para que las recuperase en la prueba extraordinaria, con la promesa de que continuaría en la academia desde el mes de octubre. Don Pedro le aclaró al padre de Toño que no era cuestión de horas, sino de ganas, que él no podía asegurarle el aprobado en septiembre si su hijo no ponía empeño; la magia no funciona aquí dentro. Probaría con cuatro horas semanales, de lunes a jueves, con el compromiso de un seguimiento estrecho para analizar la evolución del chico.

Como tantos otros adolescentes, Toño le prometió a su padre, ante don Pedro, lo voy a dar todo, te voy a demostrar lo que valgo, lo inteligente que soy, nunca más tendrás que pagarme clases de repaso en verano, aprobaré todo en junio. Por supuesto no se trataba de la primera promesa, las anteriores no las había podido cumplir por circunstancias ajenas, siempre externas.

Para empezar con buen pie, acudiría cada mañana a la academia en la bicicleta que había estrenado por Reyes, al auspicio de otra promesa abortada por la manía de la profesora de Matemáticas y la injusta atribución de algunos hechos tipificados como leves, varios graves, en el instituto.

En pequeño grupo, guiado por don Pedro, Toño iba alcanzando un ritmo de trabajo adecuado, sin eludir su responsabilidad. Pero justo el primer jueves de julio dejó la bici un poco más cerca de la entrada al pasillo descubierto.

Sorprendió a todos los gritos, los ademanes al no encontrar su flamante vehículo donde lo había aparcado. Don Pedro se acercó de inmediato, se asomó a la calle, miró a ambos lados, avanzó con rapidez hasta el primer cruce por la derecha; sabía de algunos robos perpetrados por un vecino del barrio, vivía con la madre de una pequeña pensión por cierto grado de invalidez reconocido; pero sin pruebas, solo especulaciones.

Llamó al padre de Toño, le explicó el incidente, su plan de vigilar al sospechoso por si aparecía algún indicio esclarecedor. Según las declaraciones de los alumnos que habían llegado poco antes de las once, el pasillo descubierto estaba despejado, vacío.

Le dolió especialmente a Toño el incidente, algo tuvo que quebrársele dentro, hasta el propio padre le comentó a don Pedro que su hijo era otro, irreconocible, me lo han cambiado, milagro; esto es cosa de magia, don Pedro, no me lo puede negar…

El esfuerzo del joven dio su frutos, en septiembre recuperó Matemáticas y Física y Química, las dos materias en las que se habían centrado. De la bicicleta, silencio, olvido, la promesa del progenitor de regalarle otra mejor por Navidades si continuaba por el camino emprendido.

Lo de Elena sucedió el verano siguiente. Había sido un curso complicado para don Pedro, la tutoría de 2ºBachillerato C le había supuesto un auténtico reto, pero eso no le iba a privar de su veraneo en la academia, a sabiendas de que le reportaba energía extra trabajar con los chicos bajo cierta presión.

Elena se había incorporado a la academia avanzado abril. Del bachillerato tecnológico, 1º, se le habían atragantado Física y Lengua Castellana y Literatura. Salvó in extremis la segunda, aunque quería mayor nivel para afrontar 2º y la PAU.

La dinámica de trabajo, impecable desde que ingresó en la academia. La primera semana de julio no solo continuó así sino que perfeccionó su ritmo. Al parecer, por lo que llegó a don Pedro más tarde de labios de otros alumnos, comentarios lanzados al aire fresco del patio mientras aguardaban la entrada a la academia, ese fin de semana habían coincidido en una verbena en Tinajo casi todo el alumnado de la academia; a algunos les llamó la atención que Elena estuviese hablando con Alberto, en clase compartían hora y mesa pero ni se dirigían la palabra.

Algún cruce de miradas había interceptado don Pedro entre Elena y Alberto. De momento, mientras no afectase negativamente al rendimiento de la pareja no intervendría, eran buenos chicos, nada que objetar.

Como espectadores privilegiados tanto don Pedro como los alumnos que coincidían con la pareja en la academia, disfrutaron de un tierno proceso de enamoramiento, respetando el grado de expresividad de cada uno de los lados. Una mañana, una rosa roja camuflada entre las hojas de una revista; otro día, una colorida agenda entre los apuntes de Física y Lengua Castellana y Literatura. Cúmulos y cúmulos de miradas cómplices, roces de manos robados al descuido, sonrisas muy encriptadas… Todos los indicios apuntaban al avance y consolidación de la pareja, muy cuidadosos con las formas, sin reducir un ápice su entrega al trabajo, prioritaria preocupación de don Pedro. Este estuvo tentado de soltar algunas de sus bromas; se contuvo, que la vida siguiera libre su curso.

Se incorporó a la rutina la llegada de la pareja cogidos de la mano, sus tibios jueguecitos, sus cuchicheos… Septiembre empezaba a vislumbrarse desde la proximidad de San Ginés, patrón de la capital conejera; con ello los nervios entraron en escena, resurgieron los viejos fantasmas de la inseguridad, el temor a no alcanzar la meta anhelada, y la envenenada culpa. De ahí que le rogaran a don Pedro que si podían ir a horas diferentes los días que restaban hasta el cierre de la academia.

Sin problemas, este ajustó los grupos, recordándoles a una y a otro que la preparación alcanzada debería ser más que suficiente para superar las pruebas extraordinarias.

En efecto, pese a los nervios y a la desconfianza inicial alcanzaron con creces el objetivo. De la pasión comedida se conservaría el recuerdo vinculado a los amaneceres estivales; la tensión, la densidad propia de 2º Bachillerato se encargó de recolocar las vidas de estos jóvenes.

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