
Hace tiempo que quería echar a andar una sección hablando AL HILO DE LOS RECUERDOS que cada uno tenemos atesorados en algún rincón de nuestras mentes.
Creo que esta nueva etapa podría comenzar hoy, después del descanso veraniego.
Siempre adelante, creando momentos para compartir.
Gracias por leerme.
El olor a mar siempre me devuelve a aquel pequeño cuarto sin encalar, con las paredes de bloque visto, el suelo de cemento y un poyo revestido de plástico grueso para que cocinar en el camping gas resultara más limpio. Estaba en la costa sureste de Tenerife.
Allí pasábamos unos días cada verano gracias a la generosidad de unos amigos de mis padres. Yo era una adolescente con la cabeza llena de pajaritos; muchos más de los que revolotean ahora por ella y, sobre todo, muy distintos.
Las camas en las que dormíamos mis padres, mi hermano y yo estaban separadas por sencillas cortinas de cretona. Una vieja mesa y unas cuantas sillas de formica completaban aquel «lujoso» apartamento veraniego en el que éramos inmensamente felices.
Solo tenía un pequeño ventanuco que daba a la orilla, cubierta de piedras, musgo, lapas y burgados que mi madre recogía de vez en cuando. El mar rompía sin descanso contra la costa, desafiando a quienes se aventuraban a recorrerla saltando de piedra en piedra para pescar con caña o con gueldera.
Oler a mar es recordar lo feliz que fui entre aquellas cuatro paredes y el paisaje que las rodeaba.
La gente haciendo cola en el chorro de la plaza, único lugar con agua potable del pueblo por entonces. La gente bañandose en La Caleta al peso del mediodía entre charlas, risas y algarabías infantiles. La gente de tertulia con una taza de café o un vaso de vino en la mano por las tardes, sentadas en las aceras, escalones o en alguna silla rescatada de sus viviendas. Gente modesta, gente sana y generosa que sabía disfrutar de los verdaderos placeres de la vida.
Me alegra haber tenido el privilegio de disfrutar de un humilde pueblo de pescadores que, aunque el paso de los años lo haya transformado, sigue conservando el alma de la gente de la orilla y, sobre todo, ese inconfundible aroma a salitre y musgo que tiene el poder de llevarme, una y otra vez, a los veranos más felices de mi vida.
Autora de la foto: Luisa Chico
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