
Aunque no haya nada de nuevo en comenzar rutinas, año tras año, en el mes de septiembre: la vuelta a las aulas, la vuelta después de las vacaciones, el reinicio de los cursos académicos, los nuevos propósitos, tal vez más contundentes que los de Año Nuevo. Porque para muchas personas el año no empieza en enero, lo hace en septiembre. Con él llega el fin del verano y el inicio de mi estación favorita: el otoño. Porque soy más de chocolate o café caliente en una mano mientras en la otra sujeto el libro que leo, más de castañas asadas, de dulces de calabaza y de la temperatura justa y necesaria para poder conciliar el sueño por las noches. Soy un alma de otoño. Y quienes también lo sean me entenderán cuando les digo que adoro el nuevo comienzo que supone septiembre.
Quizá porque septiembre siempre me ha parecido un mes lleno de posibilidades. No tiene la solemnidad un tanto impostada del primero de enero, cuando parece que todos estamos obligados a convertirnos, de repente y por decreto, en una versión mejorada de nosotros mismos. Septiembre es más discreto. No hace demasiado ruido. Simplemente llega, va acortando poco a poco las tardes, devuelve los cuadernos a las mesas, los despertadores a las mesillas y cierta sensación de orden a unas vidas que durante el verano se permitieron vivir con los horarios algo desabrochados.
Y a mí me gustan los nuevos comienzos. Incluso cuando llegan después de un final que no habíamos elegido.
Porque empezar de nuevo no siempre significa abandonar una vida para construir otra. A veces consiste únicamente en modificar una costumbre, regresar a algo que habíamos dejado aparcado, matricularnos en aquel curso que llevábamos años posponiendo, ordenar una habitación, empezar un libro, recuperar una amistad o atrevernos, por fin, a cerrar una puerta que hacía demasiado tiempo que permanecía entreabierta. Hay comienzos diminutos que terminan cambiándonos la existencia.
Tal vez por eso septiembre también sea un buen mes para preguntarnos qué queremos conservar y qué estamos dispuestos a dejar atrás. No todo debe acompañarnos a la siguiente estación. Hay cargas que confundimos con equipaje y personas, costumbres, miedos o versiones antiguas de nosotros mismos a las que seguimos aferrados simplemente porque llevan demasiado tiempo formando parte del paisaje. Crecer también consiste en aprender a viajar más ligeros.
Y, por supuesto, si hablamos de comenzar de nuevo, los libros saben muchísimo de eso. Cada vez que abrimos uno inauguramos un pequeño universo que hasta entonces no existía para nosotros. Podemos estar sentados en el mismo sofá de siempre y, unas páginas después, encontrarnos en Tokio, en las tierras altas de Escocia o en cualquier rincón remoto del planeta. Esa es una de las razones por las que considero la lectura uno de los refugios más maravillosos que existen: permite permanecer y marcharse al mismo tiempo.
Así que, para estrenar este nuevo curso, les propongo tres lecturas.
Recomendaciones literarias
La primera casi parece haber sido escrita expresamente para esta columna: La biblioteca de los nuevos comienzos, de Michiko Aoyama. En una pequeña biblioteca de Tokio, una peculiar bibliotecaria recibe a personas que atraviesan distintos momentos de incertidumbre y les recomienda libros que, de una manera u otra, terminan ayudándolas a mirar sus propias vidas desde otro lugar. Es una novela amable, luminosa y de esas que nos recuerdan algo que quienes amamos leer sabemos desde hace mucho tiempo: a veces llegamos a un libro buscando una historia y salimos de él habiendo encontrado una respuesta.
Mi segunda recomendación es Antes de que se enfríe el café, de Toshikazu Kawaguchi, una novela japonesa construida alrededor de una cafetería en la que determinados clientes pueden regresar al pasado bajo unas reglas muy particulares. Sin embargo, no es realmente una historia sobre viajar en el tiempo, sino sobre aquello que hacemos con las palabras que no pronunciamos, con los abrazos que quedaron pendientes, con los arrepentimientos y, sobre todo, con la certeza de que quizá no podamos modificar lo sucedido, pero sí decidir quiénes seremos después de haberlo vivido. Y pocas cosas representan mejor un nuevo comienzo que esa decisión.
Para terminar, les recomiendo Septiembre, de Rosamunde Pilcher. Solo el título ya justificaba traerla hasta aquí, aunque hay bastante más. Escocia, reuniones familiares, celebraciones, afectos, secretos, decisiones y vidas que empiezan a moverse cuando parecía que todo ocupaba definitivamente su lugar. Es una de esas novelas extensas en las que podemos instalarnos durante unos cuantos días y dejar que el otoño vaya llegando mientras nosotros permanecemos cómodamente entre sus páginas.
Y como la columna de Calderón de la tarta estaría incompleta sin algo dulce que llevarnos a la boca mientras leemos, este septiembre quiero aprovechar uno de esos pequeños tesoros que nos regala la tierra canaria al terminar el verano: los higos.
Tarta rápida de higos al microondas
Vamos a preparar una tarta de higos, yogur y queso muy sencilla, de esas que permiten presumir de postre casero sin necesidad de confesar que el microondas ha hecho casi todo el trabajo.
Ingredientes:
Preparación:
Batimos el queso crema con el yogur, los huevos, el azúcar, la maicena, la ralladura de limón y la canela hasta obtener una mezcla homogénea.
Engrasamos ligeramente un molde de silicona apto para microondas y vertemos la mezcla. Lavamos los higos, los cortamos en cuartos y los distribuimos sobre la superficie, hundiéndolos ligeramente.
Cocinamos la tarta durante unos siete minutos a unos 800 vatios. Al terminar, la dejamos reposar dentro del microondas apagado durante tres minutos. Comprobamos el centro y, si todavía estuviera demasiado líquido, añadimos tandas de treinta segundos hasta que haya cuajado, teniendo en cuenta que terminará de asentarse mientras se enfría.
Después solo queda dejarla templar, guardarla unas horas en la nevera y servirla, si queremos pecar con cierta elegancia, acompañada de otro higo fresco, unas almendras picadas o un hilo de miel.
Y así recibimos septiembre: con un libro esperando en la mesilla, una tarta enfriándose en la nevera y alguna ilusión nueva rondándonos la cabeza.
Porque quizá los nuevos comienzos no necesiten grandes discursos ni fechas señaladas. Quizá comiencen así, silenciosamente, una mañana cualquiera, cuando decidimos que algo puede ser diferente.
Feliz septiembre. Y feliz comienzo.
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