El vaho de los cristales helados circulaba por su aliento.

Buscando la verdad, vació su alma de todo contenido. La casa entera estaba llena de sí misma, pero eligió quedarse en la única estancia que estaba ocupada por otros: la
biblioteca.

Allí dirigió su mirada. Estaban alineados como respiraciones contenidas. Pasó sus dedos por los lomos, uno a uno, hasta que un murmullo leve se filtró entre las páginas.

Abrió ese tomo. El olor a tinta y vida recién escrita la envolvió, y las letras comenzaron a moverse, apenas, como si palpitaran. Leyó una frase, luego otra, y se reconoció en ellas: su nombre, sus gestos, la descripción exacta de la exhalación que salía de sus labios.

Se apresuró a cerrar el libro, pero las palabras se escurrían, ágiles, reescribiendo su pulso. En la última línea leyó: «Al terminar este punto y aparte, ella dejará de existir».

Intentó chillar, pero lo que salió de su boca ya era parte del libro.

En el párrafo siguiente solo quedó su mirada, imborrable.

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