
Hay entrevistas que nacen para hablar de libros y otras que, casi sin proponérselo, terminan hablando también de la vida. En Trazos y Paliques nos gusta precisamente eso: alejarnos durante un rato de la entrevista convencional para acercarnos a la persona que existe detrás de una obra, de una trayectoria y de un nombre.
Porque un escritor no está hecho únicamente de títulos publicados, presentaciones, páginas escritas o proyectos terminados. También está hecho de rutinas, manías, sueños, contradicciones, fracasos, aprendizajes, platos improvisados en la cocina, agendas llenas de tareas y, por supuesto, sentido del humor.
En esta ocasión conversamos con Luis Alberto Serrano y comenzamos, como manda el espíritu de esta sección, frente a una caricatura. Una imagen que exagera determinados rasgos para intentar descubrir otros que quizá una fotografía convencional no consigue mostrar. A partir de ahí comienza un palique que viaja desde la creación literaria hasta Chiquito de la Calzada, desde Tim Burton hasta María Dolores Pradera, pasando por extraterrestres, realities, aplicaciones imposibles para escritores, medicamentos literarios y un peculiar superhéroe dispuesto a salvar del calor a quienes encuentre a su paso.
Una conversación para conocer no solamente al escritor Luis Alberto Serrano, sino también al hombre que está detrás de las palabras.

Tu caricatura exagera un poco algunos rasgos. ¿Cómo te ves en este retrato?
Pues mira… me veo reflejado en mi caricatura. Me da que yo mismo soy una caricatura de mí mismo. Pero me define esa sonrisa tan mía. Siempre estoy sonriendo. Es como un intento de que la gente sea feliz a mi lado.
Y me veo cabezón, que a eso me ganan pocos, je, je.
¡Ah! Y me encanta mi camisa mexicana.
Si tu carrera o trayectoria fuera una historieta, ¿cuál sería el título del primer capítulo?
«Las desventuras de un mindundi que soñaba ser director de cine».
Hablemos de tu día a día. ¿Cómo es una jornada típica en tu vida?
Pues, por la mañana, trabajo como celador en el Hospital Negrín. Luego llego a casa y como con mi madre y, después, me sumerjo en el ordenador: mi mundo personal.
Proyectos y proyectos hasta la hora de llevarla a la iglesia. Ella me ayuda con sus oraciones y yo ayudo a los trabajadores de la terraza de enfrente para que no pierdan sus puestos de trabajo.
Después, cena; ella se va a dormir y yo vuelvo al ordenador.
Eso los días que trabajo. Los días que libro estoy delante del ordenador prácticamente desde que me levanto.
Ah, y de vez en cuando, una juerguita para desestresar.
Seguro que en tu camino has tenido momentos difíciles. ¿Alguna anécdota que te haya marcado y de la que aprendieras algo valioso?
Muchas.
Las que más me han marcado han sido las relacionadas con el trato de algunas personas «mediáticamente influyentes», que se permiten el lujo de aprovecharse de su posición para humillar.
Eso me hizo dejar algunos trabajos y centrarme mucho más en mis proyectos personales.
En ellos no se maltrata a ningún animal ni a ninguna persona.
Para quienes te admiran o siguen tu trabajo, ¿qué consejo les darías?
Que sueñen en alto. Que persigan sus sueños.
Si yo he logrado crear obras, cualquier persona puede hacerlo. Mucha gente dice que tenemos el don especial de la imaginación. Yo creo que imaginación tenemos todos, pero hay que entrenarla para conseguir que salga a la luz con fuerza.
Si tu proceso creativo fuera un plato de comida, ¿qué ingredientes tendría y cómo se prepararía?
Sería un plato que no tendría una receta fija.
Sería como las pizzas, la pasta o los arroces: cada vez sería de una manera diferente.
De hecho, como soy cocinillas, suelo sacar los platos normales de su receta de confort y reinventarlos con mucha frecuencia.
¿Qué personaje de tus libros te daría los peores consejos de vida? ¿Y cuáles serían?
No he creado personajes especialmente oscuros.
Pero en «Relatos a quemarropa», concretamente en el primero de los relatos, que se titula «El peor disco», no me dejaría aconsejar por el crítico musical.
Algunos críticos que trabajan para medios de comunicación escriben con arreglo a lo que tienen que decir y no necesariamente a lo que realmente les ha parecido la obra.
Si tus libros se convirtieran en un parque temático, ¿qué atracción sería la más popular?
Pues, hasta ahora, serían una noria.
Unos sitios tranquilos en los que poder tener una conversación y aprender muchas cosas viéndolas desde arriba, porque muchas veces observar algo desde otra altura nos proporciona una perspectiva completamente nueva.
La nueva novela que se publica este mes, «El hermano de la Princesa de Ukok», es claramente una montaña rusa en la que, cuando parece que te la vas a pegar, aparece de repente un giro hacia otro lado.
¿Qué libro te habría gustado escribir, pero únicamente si hubieras podido hacerlo con un colaborador absurdo?
Pues habría escrito «El nombre de la rosa», pero en vez de a Guillermo de Baskerville habría puesto a Chiquito de la Calzada.
En lugar de decir «Observa, Adso», diría: «Adso, pecador de la pradera, ¿te da cueeen?».
¿Cuál ha sido la interpretación más extraña que un lector ha hecho de tu obra?
La verdad es que lo que he escrito ha sido bastante fácil de leer y, como presumo de ser buen comunicador, a casi todo el mundo le llega bien el mensaje tal y como quiero que lo entienda.
Pero, para darle chicha a la pregunta, te diré que uno de los días más felices que recuerdo fue cuando una anciana me abordó en un centro comercial porque su hija le había dicho que yo era el autor de «Las tres Reinas».
Después de abrazarme llorando, me contó mi propia novela como si la hubiera escrito ella.
Impagable, de verdad.
Si tuvieras que recomendar uno de tus libros a un extraterrestre, ¿cómo se lo explicarías?
Con «El hermano de la Princesa de Ukok» aprenderían mucho sobre la condición humana.
El otro día publiqué en mis redes sociales un dilema: ¿escribo filosofía entretenida o entretenimiento filosófico?
Les diría que lean y aprendan de la personalidad de los personajes de nuestra literatura porque todos, toditos, dependiendo de las motivaciones que haya detrás de cada una de nuestras acciones, podemos pasar de ser muy buenos a muy malos… y regresar después al punto de partida.
Si los protagonistas de todos tus libros tuvieran que competir en un reality show, ¿quién ganaría y con qué estrategia?
Sin duda, Kadina, la más pequeña de las esposas de Baltasar.
Durante el reality iría aprendiendo de todos a una velocidad de la que los demás ni siquiera se darían cuenta y conseguiría que fueran cayendo en sus propias trampas.
Para ser la más joven, su inocencia y sus ganas de saber la convierten en una jugadora muy peligrosa.
Si tus libros tuvieran efectos secundarios como un medicamento, ¿qué advertencia aparecería en la contraportada?
«Se advierte que estos personajes le van a enseñar cosas que pueden transformar su vida».
¿Qué aplicación ridícula inventarías específicamente para escritores? ¿Cómo funcionaría?
Una aplicación en la que pudiera crear un párrafo, inventarme una palabra y conseguir que esa palabra quedara perfectamente encajada en el contexto que quiero darle, de manera que adquiriera un significado concreto.
Esa es una «poleta» muy necesaria para conseguir que el lenguaje siga creciendo, transformándose y enriqueciéndose.
Si tus libros tuvieran una banda sonora, ¿qué canción o estilo musical sería completamente inapropiado, pero secretamente perfecto?
A las historias de «Relatos a quemarropa» les pondría canciones de María Dolores Pradera.
Creo que eso sería muy Tarantino.
¿Qué objeto de tu escritorio cobraría vida en una película de Pixar sobre el proceso de escritura y qué personalidad tendría?
Creo que mi agenda.
Sigo escribiendo las tareas a mano para poder borrarlas cuando están hechas y, de esa manera, comprobar cuáles me van quedando.
La personalidad que tendría está clara.
Sería una madre diciéndote que tienes que recoger la habitación y recordándote que estás dejando demasiadas cosas para luego.
Si tuvieras que explicar tu libro más reciente utilizando solamente emojis, ¿cuáles elegirías y en qué orden?
Una lupa, por la búsqueda.
Una calavera, por una momia.
Y una caja, porque está enterrada con la momia y también desaparece.
Si tus novelas fueran condimentos, ¿cuáles serían y con qué platos combinarían mejor?
«Las tres Reinas» sería canela. Te va dejando un regusto dulce y suave durante todo el tiempo.
«El hermano de la Princesa de Ukok», en cambio, sería un chile molido que entra suave y se va haciendo cada vez más ardiente a medida que lo saboreas.
¿Qué personaje de la cultura pop sería el peor para adaptar tu obra a otro medio y por qué?
Pues no me imagino a Tim Burton haciendo una película de ninguno de mis escritos.
Quizás porque yo intento centrarme en reflejar las realidades más cercanas para que el lector pueda aprender cosas que le sirvan en su vida diaria. Uso mucho el hiperrealismo.
Eso va bastante en contra del onirismo de Burton.
Él también enseña cosas sobre la vida, por supuesto, pero lo hace de otra manera.
Si tuvieras que resumir tu estilo literario utilizando solamente eslóganes publicitarios, ¿cuáles elegirías?
«Cuando haces pop, ya no hay stop», porque mis novelas atrapan a través de los giros y los cambios de emociones. Si las empiezas, tienes que acabarlas.
«Vuelve a casa por Navidad» es prácticamente un spoiler del final de mi novela «Las tres Reinas».
También elegiría «Bienvenido a la República Independiente de mi casa», porque mi literatura es totalmente personal y refleja mi hogar emocional en todo lo que escribo.
Y, puestos a promocionar mi literatura: «Si encuentra algo mejor, cómprelo».
CIERRE CON CHISPA
Si fueras un personaje de una tira cómica, ¿cómo te llamarías y cuál sería tu superpoder?
Yo sería Sombra Man.
Y tendría el superpoder de irme al parque y colocarme al lado de los viejitos a los que les esté dando una tostada de calor para proporcionarles sombra.
También serviría para dar sombra a las cervezas en la terracita del bar de aquellos amigos que me inviten.
TRAZO FINAL
Después de tantas respuestas, quizá la caricatura con la que comenzábamos esta conversación no exageraba tanto.
Hay algo de personaje en quien dedica buena parte de sus horas libres a inventar historias, cree que una agenda podría comportarse como una madre, convertiría «El nombre de la rosa» en territorio de Chiquito de la Calzada y está dispuesto a transformarse en Sombra Man para proteger del sol tanto a los mayores como a las cervezas de sus amigos.
Pero detrás del humor aparece también otra mirada: la del creador que continúa defendiendo la imaginación como algo que puede entrenarse; la del trabajador que, después de cumplir con su jornada, encuentra todavía horas para sus proyectos; y la del escritor que entiende la literatura como una manera de observar a las personas y descubrir que ninguno de nosotros es enteramente bueno ni enteramente malo.
Quizá ese sea uno de los grandes poderes de la literatura: permitirnos cambiar de perspectiva.
Subirnos durante unas páginas a una noria.
O, cuando la historia lo exige, agarrarnos fuerte porque acaba de comenzar la montaña rusa.
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