Recuerdo la primera vez que leí Platero y yo, tenía apenas siete años y llegó a mis manos como regalo de mi madre.

Lo abrí con curiosidad, sin imaginar lo que me iba a pasar. Era una niña y todavía no sabía demasiado de escritores, de épocas literarias ni de todo eso que después aprendemos en el colegio.

Desde las primeras páginas sentí que el burro Platero era especial. El escritor lo describía de una manera que hacía que pareciera que estaba allí, delante de mí. No era un burro cualquiera. Era pequeño, peludo, suave, casi de algodón. Tenía unos ojos enormes y dulces y una forma de estar en el mundo que me producía una ternura enorme.

Y yo quería tocarlo...

Mientras leía, me lo imaginaba caminando junto a Juan Ramón por los caminos de Moguer. Lo veía entre los árboles, pasando junto a las casas, acercándose a los niños, escuchando los sonidos del pueblo. A veces cerraba el libro y seguía pensando en él.

Me preguntaba cómo sería tocar a Platero de verdad.

Hasta entonces, los burros para mí eran animales de los cuentos, de los dibujos o de las fotografías. Pero después de leer el libro empecé a buscarlos con la mirada. Si alguien hablaba de un burro, yo quería saber dónde estaba. Si veía una fotografía, me quedaba mirándola. Era como si Platero hubiera conseguido despertar en mí una curiosidad que antes no existía.

Quería conocer uno.

Imagen creada con IA

Recuerdo aquel momento con una claridad especial. Cuando lo vi, me quedé mirándolo sin saber muy bien qué hacer. Era mucho más grande de lo que yo había imaginado. Estaba allí, tranquilo, respirando, moviendo las orejas y mirándome con unos ojos que me recordaron inmediatamente a los de Platero.

Y un día lo conocí.

Me acerqué despacio.

No quería asustarlo. Al principio tuve un poco de miedo. Era un animal grande y yo era una niña. Pero también sentía una emoción enorme. Era como si después de tantas páginas hubiera salido del libro para encontrarme con él.

Estiré la mano y lo acaricié, entonces pasó algo maravilloso...

Sentí su pelo bajo mis dedos y, durante un instante, todo lo demás dejó de importar. No estaba pensando en el colegio, ni en los libros, ni en Juan Ramón Jiménez, ni siquiera en lo que iba a hacer después. Solo estaba allí, junto a aquel animal y pensé en Platero.

Comprendí que aquel burro no era el mío, que no era el Platero del libro, pero de alguna manera sí tenía algo de él. O quizá era yo la que lo estaba mirando con los ojos que Juan Ramón Jiménez me había enseñado a tener.

Después de aquel día, los burros dejaron de ser para mí unos animales más.

Cuando veo uno, ya no puedo evitar acercarme con la mirada. Pienso en Platero, en aquel libro que leí siendo niña y en la emoción de descubrir que algo que primero había existido en mi imaginación podía aparecer de repente delante de mí.

Con el tiempo aprendí más cosas sobre Platero y yo. Su autor, Juan Ramón Jiménez, nació en Moguer, Huelva, el mismo lugar que aparece continuamente en el libro. La obra fue publicada en 1914 y está formada por pequeñas escenas de la vida cotidiana de Platero y de su dueño. No cuenta una aventura única, sino que va recogiendo momentos, recuerdos, paisajes y encuentros.

Y quizá por eso me gustó tanto.

Porque parecía que no había que correr para llegar a ninguna parte. Podía detenerme en una flor, en un camino, en un niño, en una tarde de lluvia o en la mirada de un animal. Todo podía convertirse en algo importante.

Juan Ramón Jiménez escribió en una época de grandes cambios en España. A comienzos del siglo XX, los escritores estaban muy preocupados por el paso del tiempo, la belleza, la naturaleza, la situación del país y la manera de encontrar una nueva forma de expresar lo que sentían. Juan Ramón fue evolucionando a lo largo de su vida y se convirtió en uno de los grandes poetas de nuestra literatura. Culminando en 1956, fecha que recibió el Premio Nobel de Literatura.

También pertenece a una generación literaria cercana a la de otros grandes escritores de su tiempo, como Antonio Machado. Pero aunque los dos escribieron sobre el paisaje, el tiempo, la memoria y España, sus caminos literarios fueron diferentes.

Yo, cuando conocí a Platero, todavía no sabía nada de todo eso.

Solo sabía que Juan Ramón Jiménez había escrito un libro sobre un burro y que aquel burro me había conquistado.

Ahora pienso que quizá esa es una de las cosas más bonitas que puede hacer la literatura: enseñarte a mirar.

Antes de leer Platero y yo, yo veía un burro.

Después de leerlo, veía a Platero.

Y la primera vez que tuve uno delante, sentí que durante unos minutos el mundo real y el mundo del libro se habían encontrado.

Fue una experiencia pequeña, quizá, para cualquiera que la hubiera visto desde fuera, pero para mí fue enorme. Y puedo confirmar con certeza de que hay libros que no terminamos de leer cuando cerramos la última página. Algunos, se quedan dentro de nosotros y nos acompañan para siempre.

El mío tenía cuatro patas, era peludo y tenía unos ojos enormes… Se llamaba Platero.

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