
Nos han adiestrado desde muy pequeños para mirar la muñeca o la pantalla del móvil cada vez que necesitamos ubicarnos en el tiempo. Nos convencieron de que el tiempo es un tirano que avanza en línea recta, como un rio que su corriente invisible nos arrastra desde un pasado que no existe hacia un futuro que jamás existirá. Vivimos corriendo, con el pulso acelerado de la prisa, sufriendo por lo que ya pasó (depresión) o con la angustia de lo que no termina por llegar (ansiedad). Pero quiero invitarte a reflexionar en algo muy sencillo: ¿qué pasaría si esa medición a la que llamamos “tiempo” fuera sólo una conveniente ficción para organizar nuestro condicionado día?
Cuando Albert Einstein formuló la Teoría de la Relatividad, descubrió una forma brillante para medir la física del planeta: el giro de la tierra sobre su propio eje (rotación) y su vuelta alrededor del sol (traslación). Pero lo que Einstein midió de manera casi exacta no fue el tiempo del ser humano, sino el tiempo del espacio físico; es decir, ancho, alto y profundidad, más el tiempo de estas tres dimensiones, calculando la distancia y la velocidad: (T=D/V). De ahí su célebre frase: “El tiempo, ya sea pasado, presente o futuro, es solo una ilusión. Y tenía absoluta razón: el pasado, el presente y el futuro son solo una ilusión. ¡Vaya el sufrimiento que nos ha causado! Lo que él midió fue el espacio del escenario, no la vida que habita en él.
El tiempo relativo –el de los minutos y los husos horarios– es solo un referente externo. No existe en las estrellas ni en el espacio profundo; existe en la programación de nuestra mente para que podamos enajenarnos a un trabajo (por eso explicaba en el artículo anterior que cambiamos tiempo por dinero), también sirve para tomar un avión o encontrarnos a una hora fija. Es un acuerdo, un constructo social muy útil para el ser humano. Si te fijas bien, los árboles, las aves o los animales de nuestro entorno no usan reloj ni lo necesitan; ellos viven en una dimensión coherente y serena, libres de los apuros de la esclavitud moderna.
Nosotros invertimos las cosas y dejamos que el reloj domine nuestra paz. La física nos enseñó a medir el tiempo de afuera hacia adentro (donde el mundo físico condiciona al mundo mental). Sin embargo, la verdadera libertad ocurre cuando vivimos de adentro hacia afuera (donde el pensamiento y la conciencia le dan sentido al mundo físico), es decir, la mente condiciona a priori la experiencia, y no al contrario.
Para explicarlo de forma muy sencilla y humilde, déjame contarte algo que me pasó. Estaba conversando por videollamada con mi pareja, Yennimar. En ese instante, en Venezuela eran las 8:00 de la noche del 3 de marzo, y donde yo me encontraba, en España, eran las 2:00 de la mañana del 4 de marzo. Si le crees ciegamente al reloj, Yennimar y yo estábamos en días distintos, en horas separadas y en mundos distantes. Pero en la verdad de la experiencia real, cuando nos mirábamos a los ojos a través de la pantalla y compartíamos el afecto de la charla, los dos estábamos exactamente en el mismo instante. ¿Cuál de los dos tiempos era el real? El reloj decía que estábamos en husos horarios diferentes (el tiempo relativo, el del espacio). Pero nuestras mentes y nuestros seres habitaban un mismo ahora (el tiempo coherente, el del ser).
Nos pasamos la vida atrapados en esa ilusión. Nos atormentamos por el pasado o nos desvelamos por el futuro, sin darnos cuenta de que el pasado ya no está en ningún lado y el futuro nunca existirá; precisamente por eso: porque siempre será solo una proyección. Cualquier palabra que dices o cualquier paso que das se convierten en un pasado inexistente a la velocidad de la luz.
El reloj es muy útil para el individuo ocupado, pero un ser humano demasiado ocupado y controlado por la aguja del reloj termina por no tener tiempo para lo verdaderamente importante: para cuidar y abrazar a sus padres, darle amor a sus hijos, escuchar a su pareja, sembrar una planta, escribir una poesía o simplemente sentarse a disfrutar de la alegría de estar vivo. El tiempo del reloj nos ayuda a ordenar la vida cotidiana, pero jamás podrá darnos ni paz ni felicidad.
Existe otro tiempo que no se mide con números ni depende de las horas. Un tiempo profundo, transparente y humano donde todo se crea desde la conciencia y el pensamiento. Es la puerta de entrada a una verdad profunda que desmantela la prisa en la que nos han enseñado a vivir para no pensar.
(Continuará en el próximo segmento).
P. D.: Si te ha gustado este breve contenido, te invito a leer mi anterior manifiesto para que vayas creando una idea precisa en tu imaginación:
VI Manifiesto: El dinero ¿Un fin o un medio?
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