Lo cierto es que la vida puede rompernos varias veces, por distintas razones. No es lineal; presenta altibajos y desafíos que, a veces, requieren un salto al vacío o soltar el equipaje emocional para seguir avanzando. El truco, tal vez, está en continuar caminando, aunque estemos rotos, porque el dolor, aunque a menudo parece eterno, no lo es. Como todo, se transforma. Y en esa transformación, es esencial darle el significado que queramos, uno que implique crecimiento y aprendizaje.
Ernesto Sábato decía: “Yo creo que el sufrimiento es más didáctico que la felicidad. Sufrir enseña mucho. Enseña también a comprender y a ser compasivo con los otros. Un escritor que no es capaz de tener piedad por sus criaturas… no creo mucho en eso. Y las criaturas humanas son miserables: nacen, sufren, mueren. Para eso hace falta piedad. Y es lo único que puede salvarnos, aunque solo sea momentáneamente, del desastre”. Esta reflexión nos invita a ver las cicatrices, visibles e invisibles, no como signos de derrota, sino como testimonios de aprendizaje.
Desde la psicología, especialmente la cognitiva, se refuerza la idea de que no son los eventos en sí los que nos destruyen, sino nuestra interpretación de ellos. Este enfoque nos ayuda a desafiar las creencias limitantes que acompañan al dolor, como pensar que “nunca seremos quienes fuimos”. Las cicatrices, tanto físicas como emocionales, no anulan nuestra identidad; forman parte de nuestro proceso de crecimiento y redefinición. A través de la reestructuración cognitiva, aprendemos a identificar los pensamientos automáticos e irracionales que surgen en momentos de crisis y a desarrollar una percepción más saludable de la experiencia.
Marco Aurelio, en sus “Meditaciones”, ofrece una perspectiva estoica sobre cómo enfrentar las adversidades. Nos recuerda que “lo que es efímero no puede herirnos” y que nuestro mayor poder está en la mente, en cómo elegimos interpretar lo que ocurre. Nos pide concentrarnos en lo que podemos controlar: nuestras respuestas internas. Los eventos externos, como las caídas y cicatrices de la vida, son inevitables y están fuera de nuestro control.
Marco Aurelio sostiene que la fortaleza está en aceptar la naturaleza cíclica de la vida. Todo lo que sucede, desde la enfermedad hasta la muerte, es natural y no debería sorprendernos. Además, subraya que la mejor manera de alcanzar la paz es actuar conforme a nuestra naturaleza racional, con serenidad, persistencia y alegría, sin permitir que el miedo o el deseo nos dominen. Como menciona: “Si cumples tu cometido en el presente, según la recta razón, con cuidado, persistencia, alegría y serenidad… vivirás feliz. Y nadie puede impedirte conducirte de este modo”.
Así, uniendo la psicología cognitiva con el estoicismo, encontramos un camino para reconciliarnos con nuestras cicatrices. Aunque no seamos quienes fuimos antes de las caídas, seguimos siendo nosotros mismos, reconstruidos con el oro del aprendizaje, el amor y la compasión, como en la técnica japonesa del kintsugi: jarrones rotos, reparados con oro, cuyas cicatrices no solo nos recuerdan las rupturas, sino la belleza de habernos reconstruido.
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