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Gloria López

“Se me ha caído un diente, miren qué chiquito es…”

Con esos gritos corría por el pasillo en dirección al comedor para enseñarle a mis padres aquel diente blanco, pequeño, que como un tesoro levantaba una y otra vez.

El significado real de aquel entusiasmo no era otro que saber que aquella noche, cuando lo depositara en la almohada, el pequeño Ratoncito Pérez vendría a visitarme mientras yo soñaba con nubes de algodón y muñecas de trapo; con la seguridad de que a la mañana siguiente, aparecería en lugar del diente, un regalo propio del trueque que realizaba nuestro pequeño acaparador de dientes.

Al ser la mayor de cinco hermanos, viví intensamente esa imagen una y otra vez, desde mi infancia hasta la de cada uno de ellos y ellas, cuando un diente era el objeto más preciado, por su significado, a pesar de que nos dejaba desdentados y sin poder comer a gusto un buen bocadillo. Una tradición que ha perdurado en el tiempo y que hoy continúa, reviviéndolo los más pequeños de la casa.

Todos teníamos una visión muy particular de cómo era el ratón que, cada noche, a cambio de un diente, nos dejaba golosinas, un par de monedas e incluso una entrada para ir al circo, como me sucedió una vez, hace ya mucho tiempo.

Yo lo visualizaba como muy pequeño, de color gris, con colita larga, pequeñas orejas rosadas y ojos saltones. Incluso cuando lo dibujaba, le ponía un lazo de color rojo en su pequeño cuello, ya que ese evento requería estar elegante para presentarse en las casas de las niñas y los niños del mundo. Pero sobre todo, algo que no le podía faltar era su pequeño saquito de lona, donde portaba el obsequio y en el que metía después el trofeo blanco marfil.

Cuántas historias nos inventábamos sobre él y sus andanzas, que con el tiempo quedaron en el olvido, como todos los dientes que se llevó a su lugar secreto, donde permanecen ocultos a los ojos de los adultos. Ahora que estoy volcada en mis recuerdos, quiero hacerles partícipes de la historia, de los orígenes de esta tradición.

Se la debemos al Jesuita Luis Coloma, que por encargo de la reina regente María Cristina, en el año 1894, escribió un cuento para su hijo Alfonso XIII, cuando a la edad de los ocho años se le cayó un diente de leche.

El relato juega con la fantasía de los niños, ayudándolos a transitar por un momento importante de su crecimiento, la pérdida de sus dientes de leche, convirtiendo lo que podría ser una experiencia incómoda en una oportunidad para la fantasía y la ilusión. Además, la historia original de Coloma incluye lecciones de humildad, empatía y generosidad.

Aunque Coloma fue quien popularizó la figura del ratoncito en España, la costumbre de entregar algo a los niños a cambio de sus dientes ya existía en algunas culturas. La idea de que un personaje mágico recoja los dientes y deje un obsequio ha sido una tradición presente en diferentes sociedades, aunque con variaciones. En algunos países anglosajones, por ejemplo, existe la figura del Hada de los Dientes.

Con los años, la historia del ratón fue ganando popularidad en España y América Latina; y con el tiempo, la tradición de dejar un diente bajo la almohada para que el Ratoncito Pérez lo recoja y deje una recompensa se arraigó profundamente en la cultura popular, convirtiéndolo en una figura entrañable para los más pequeños. 

He de agradecer en estas memorias con historia a Coloma el haber creado a nuestro ratón, un amigo venido de un maravilloso mundo donde los niños y las niñas viajan cada noche a la espera de su regalo… Y todo por un diente.

Una anotación muy importante para los y las que queremos volver a recordar ese pasado no muy lejano: si viajas a Madrid, no dejes de visitar la Casa-Museo del Ratoncito Pérez, ubicada en la calle Arenal, el mismo lugar donde Coloma situó la vivienda del ratoncito en su cuento. Seguro que ese viaje en el tiempo será de lo más enriquecedor para nuestra memoria infantil, aquella que nunca tenemos que perder de vista.

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