Autora: Ángeles Carretero Casar
¡Sorpresas de la vida!
Me han despedido, pues, dicen que soy una persona de difícil de trato. La verdad es que no soy muy agradable ni le saco el sombrero a nadie; prefiero la compañía de los árboles a la de los humanos, ha llegado el momento de tomar un nuevo rumbo.
Encontré una pequeña casa con jardín en un pueblo de montaña donde solo hay una calle, los vecinos son montañeses por lo que son muy suyos, y, es perfecto. Cada día disfruto más del silencio y de mi soledad, aprendo a ser libre, a conocerme, incluso me he hecho invisible, por eso me llaman el fantasma del pueblo porque nadie sabe nada de mí. ¡Me gusta y me parece divertido!
En mi caminata diaria, he descubierto parajes preciosos donde se oye la música del agua en su continuo fluir, las hojas de los árboles bailan al compás de la brisa. Este lugar me ha atrapado, es especial y no sé por qué.
He descubierto que me encanta contemplar y pintar la serenidad y belleza de la naturaleza. ¡Quién me lo iba a decir, yo que siempre estaba gruñendo! Han pasado tres meses desde que me mudé a este pueblo aragonés. Ayer por la mañana, mientras estaba pintando las hojas del otoño que bailaban vestidas de ocres y dorados, oí un pequeño ruido entre los árboles. Agudicé el oído y comprendí que era el llanto de un animal herido. Con cautela me acerqué y un pequeño cachorro blanco tenía herida una pata. Lo cogí con cuidado y lo llevé al veterinario, sin darme cuenta había adoptado a Inko, un compañero y fiel amigo había entrado en mi vida.
Sentimientos de cariño que tenía guardados en el desván, salieron con ímpetu para cuidar a Inko. Desde ese momento, siempre me acompaña y corre a través del campo moviendo su cola y cuando se cansa, regresa y me da besos hasta que le digo, ¡basta!
Una mañana, mientras corría, lo oí ladrar insistentemente, me acerqué a él y me llevó a una pequeña arboleda. Oí, un gemido caso inaudible, nos acercamos despacio y vi a una mujer inconsciente, alguien la había golpeado y dejado.
La llevamos a casa y la cuidamos. Cuando se repuso me dijo que era la mujer del panadero del pueblo vecino, iban paseando por el bosque cuando tuvo un ataque de ira y la golpeó, dejándola en el bosque inconsciente, días más tarde la policía se lo llevó para siempre.
¡Sorpresas de la vida!, algo especial había nacido en mí cuando me adentré en esos ojos tristes y profundos, comprendiendo al instante que el dolor se sana con el dulce bálsamo del amor. Desde entonces mi familia se ha agrandado y las caricias son bailes de manos entrelazadas.
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