José Luis Regojo Borrás
José Luis Regojo Borrás

Desde mi balcón, compruebo que la isla amanece, una vez más, con calma chicha, tras una noche de calor jaleada por los vientos alisios, solo rota por el volar de los helicópteros del ejército que nos sobrevuelan. Esta isla, tierra ajena, pero familiar, no sé si me gusta más o menos que la mía. Aunque, primero debería saber cuál es la mía. 

Nací en Venezuela, crecí en Cataluña, donde he residido con paréntesis en California y Menorca. Ahora, Tenerife es mi tercer hogar. Lo cierto es que en todos ellos, las vacas mugen igual, los gatos ronronean de manera idéntica y hasta los perros ladran con la misma tonalidad. Y tal vez, en el fondo, las tierras que recorremos se parecen más de lo que queremos admitir. De todas formas, el problema que surge en todas partes es querer vivir fuera del rebaño, que decía Brassens.

Paseando por la plaza de la Basílica, entre las piernas de los Menceyes, observo la ausencia de oleaje por la falta de viento. La superficie del mar se extiende como una vasta tela de color plomizo, con algunas manchas de sargazos entrelazados que flotan silenciosas en la quietud del agua, como islas perdidas. Mientras sigo ahí, no puedo impedir que mi curiosidad escuche una conversación que tiene lugar a mi lado:

—El viento ha traído la tierra mora. Ojalá no lleguen las langostas detrás —comenta el hombre, mientras se seca el sudor de la frente.

—Dios le oiga —responde la señora, arreando con energía el abanico.

En esta tierra también se baila mucho, y eso es bueno, no solo por el ejercicio, sino porque los mantiene en un estado de optimismo envidiable. Se lo merecen por lo mucho que trabajan y las injusticias que han sufrido y siguen sufriendo a manos de sus políticos y los de la península. A veces, es fácil olvidar el peso de la historia que llevan a cuestas, camuflada entre sonrisas y bailes, en ese esfuerzo por seguir adelante pese a todo.

Por otro lado, la tranquilidad que me da vivir en esta tierra me adormece. Y, en uno de mis sueños, mi mujer decía que yo roncaba. ¡Falso! ¡Imposible! Ella no comprende que yo sueño en un idioma distinto que me impide explicárselos al despertar. No son ronquidos, son palabras que se escapan en el silencio de la noche.

Georges Brassens

Hoy, como cada 12 de octubre, despierto con la canción de Paco Ibáñez, con letra de Brassens, que me recuerda que,

cuando la fiesta nacional

yo me quedo en la cama igual,

que la música militar

nunca me supo levantar.

En el mundo, pues no hay mayor pecado

que el de no seguir al abanderado.

Tal vez sea ese el motivo por el que sí recuerdo, entre cabezada y cabezada, dos poemas-sueños que escribí en brazos de Morfeo, y me vienen a la memoria en fechas como las de hoy.

Nolloc 

Ni soy de aquí ni soy de allá.

Mi casa, donde estoy. 

Mi bandera, la sangre de mi sangre, 

incluso sin honor. 

Mi corazón, donde está mi amor. 

Mi país, tierra de ninguna parte, 

Nolloc

*

Mi patria 

Ningún carnet en casa, 

salvo el de identidad, 

por imperativo legal. 

Marcho lejos 

huyendo de banderas balconadas, 

identidades engañadas, traicionadas. 

Aún no sé de dónde soy, 

o quizá sí, 

de ‘nolloc’,

donde me lleva el corazón.

*Si te gustó, puedes leer mi artículo anterior: Sobre la gordura.

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