Matale
Matale Arozena

Sus cuadernos adelgazaban con una rapidez vertiginosa. Las hojas cuadriculadas, preñadas de números, se alternaban con las de su cuaderno de rayas donde las letras se peleaban entre sí. Todas formaban parte de su astillero particular, primitivo pero preciso.

Con ellas, Hugo fabricaba barquitos de papel en los cuales embarcaba sus deseos, sus enfados, sus sentimientos y algún que otro pequeño personaje al que nombraba capitán de la nave. A veces, una figurita de animal formaba parte de la tripulación a modo de mascota.

Al salir de la escuela bajaba hasta la atarjea que corría junto a la carretera, llevando el barquito entre las manos como si fuera un tesoro y dándole un beso lo depositaba en la corriente, daba un paso atrás y contemplaba como se alejaba rápidamente, dando tumbos a diestra y siniestra pero sin dejar de navegar.

Hugo se quedaba ensimismado durante largo tiempo, viéndolo alejarse sin más. Pensaba qué pensaría su padre cuando se marchó en un barco grande. Todavía no había regresado.

Hugo, después de cierto tiempo, empezó a incluir mensajes escritos en sus barquitos, tales como “Te quiero papá” o “Vuelve pronto”.

Los domingos bajaba con su madre y sus hermanos a la playa, llevando su esperanza convertida en barco de papel y lo depositaba en la marea. Quizás ella lo llevara hasta su padre más rápidamente.

El niño se hizo mayor y su barco creció con él. Estudió los secretos de los barcos grandes y se vio de pronto llevando el suyo propio como capitán, deslizando su fuerte quilla a través de aguas bravías o calmas. Siempre estuvo atado a la mar. Su padre nunca volvió.

Escuchando cantar a Joan Manuel Serrat su canción “Barquito de papel” surge esta historia de Hugo que bien puede ser una de tantas, entrañable y sencilla. Pero también asoma a mis pensamientos una historia paralela.

Yussuf tiene seis años. Su madre le encomendó a un pariente que marchaba en una patera a buscar fortuna. Ella quería para él un mundo mejor y además son muchos en la familia y muy pequeños. El niño nunca había visto el mar y tiene miedo. Su lugar de vida quedó atrás. Ahora su patria es un charco azul y su casa un cascarón lleno de gente desconocida.

Lo único que reconoce es el azul de cielo y a él mira aterrorizado.  No quiere comer ni beber, pero el hambre y la sed lo doblegan. Su mente, sin su madre junto a él, se ha detenido. Su pariente está más preocupado en buscar entre la gente un lugar seguro y él se siente solo.

No puede reaccionar. Solo piensa en regresar. Cuando su mente se serena, piensa como será “el otro mundo”. Lleva varios días sin dormir y solo cierra los ojos cuando el agotamiento lo vence.

Hace mucho calor y quiere jugar, pero no tiene sitio. Los días pasan, uno tras otro, con una mar cambiante. Hoy el mar está encrespado y la patera es como una cáscara de nuez. Yussuf se aferra al borde de la barcaza. No quiere caer al agua, pues no la siente firme como la tierra que siempre pisó.

De repente, una enorme ola barre primero y luego vuelca la barcaza. El niño sale volando y cae al mar intentando levantar la cabeza. El barco desaparece y los lamentos se escuchan por todos lados. Cada vez que Youssef abre la boca, traga un agua que en nada se parece con el agua de su pozo. Se hunde y no tiene qué o quién le saque a flote. Su mente se empieza a enlentecer y ve a lo lejos las figuras de su madre y sus hermanos. De pronto, todo se vuelve negro y su vida se apaga.

Encontraron su cuerpo flotando en el desconocido mar. En su cuello tenía un dije de madera que le dio su madre para que le abrazara la buena suerte. 

El corazón se me dispara cuando caigo en la cuenta de que existen otros barcos de papel que navegan entre la penuria y la esperanza. Esperanza que tiene color azul que se reparte entre el cielo y el mar.

Barcos de papel que sirven de cuna y arrullan el sueño de un niño que duerme ajeno a la incertidumbre y al desapego; que acogen a una madre que acuna a su bebé todavía sin pasado y navegando en su interior; que conducen a jóvenes que huyen de una muerte segura o empapados de la certeza de que existe un mundo mejor para ello. Todos son esclavos, engañados por los esclavistas de la era moderna.

Ataúdes de papel, endebles, inseguros que dejan sentimientos, ilusiones, esperanzas y sueños sumergidos en un mar que jamás les devolverá a los suyos.

Barcos de papel… Mientras unos mantienen la ilusión y hacen soñar a quienes les hacen navegar y jugar con el viento, otros sirven de instrumento, movidos por manos sin escrúpulos, para crear falsas esperanzas en una huida hacia adelante, llevando la mayoría de las veces a un viaje trágico y sin retorno.

Barquito de papel”, canción compuesta por Joan Manuel Serrat, es una metáfora en la que se evoca la infancia con sus juegos y su sencillez. En ella se manifiesta la nostalgia de aquella época despreocupada y libre.

Fue presentada en el festival de Viña del Mar el año 1993. A continuación les dejo un link para que disfruten, como yo, de esta preciosa canción poco conocida del cantautor.

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