Hoy, muchos años después, en este jardín sembrado de años, donde el tiempo impasible con su viaje silencioso se ha llevado las huellas de mi familia, los recuerdos han venido a mí y en tropel se han agolpado en mi memoria. Sopla un viento fuerte que azota mi rostro y que me resulta familiar, tengo la extraña sensación de que es el causante de que alcen el vuelo las historias que llevo guardadas en mi alma. Cierro los ojos y oigo el eco de voces extintas.
Conformada por camisones de seda, enaguas de algodón, zapatos nuevos, vestidos de lino, calcetines de punto, ropa interior y pañuelos bordados, mi padrino Adolfo, haciendo gala de su generosidad y de la nobleza de corazón que le caracterizó siempre, no escatimó en esfuerzos económicos para completar mi dote para el largo viaje. Era yo una niña de catorce años en vísperas de convertirme a una tierra extranjera y pese a que me esperaban mis padres al otro lado del océano, me embargaba una gran tristeza por tener que dejar todo lo que hasta ese momento había conformado mi mundo. Una gran incertidumbre invadía todo mi ser y me hacía presentir que mi isla en la que había sido tan feliz quedaría atrás para siempre. Dentro de aquel corpulento barco, el Santa María, custodiada por la prima Margarita y su esposo Jacinto, navegando ya sobre el inmenso océano Atlántico, comencé a transformarme en una extraña, dentro de mí brotaba un misterioso y desconocido sentimiento que me hacía sentir ajena y forastera ante aquello que me esperaba, arrancada de donde pertenecía temía estar confinada a ese sentir por siempre.
Era el año de 1955, no sabe mi abuela cuanto pensé en ella montada sobre aquel vapor que a toda marcha me llevaba a un lugar y a un destino desconocido, en aquel momento partí de mi tierra natal a la que no volví sino hasta cincuenta y tres años después. Me había pedido mi abuela en su lecho de enferma, que, si algún día tenía la oportunidad de navegar sobre el mar, pensara en ella. Después de aquella petición su muerte y mi viaje a América fueron inminentes, aunque ninguna de las dos quería que la otra se marchara.
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