Desde mi balcón, le di vueltas a la frase que me dijo mi mujer antes de irse a trabajar: «La vida está llena de contrastes, mi amor. De esos que, al principio, parecen carecer de sentido, pero que al final nos regalan combinaciones insólitas». Y tenía razón.
Todo empezó un día en el que, paseando junto a la orilla de la playa de Puntalarga, me encontré con dos elementos que, a primera vista, parecían incompatibles, y que ningún filósofo habría asociado para reflexionar sobre el sentido de la vida: un bombón y el mar, dulce y salado juntos.
Era media tarde y estaba recorriendo, un día más, la ruta del colesterol de Candelaria, es decir, el Paseo Marítimo. Algunos perros, esos habitantes privilegiados de este municipio, correteaban y saltaban entre las piedras de la costa. Mientras los miraba, apoyado en la barandilla del Paseo, descolgaba esas reflexiones que suelo tender entre nubes, en la línea del horizonte donde reposa Gran Canaria. La caricia de la maresía salaba mi rostro, y el aroma del océano me envolvía por completo. Un día más, en ese instante, el tiempo se detenía para que yo pudiese coser con palabras esos retazos de reflexiones al viento.
En esas elucubraciones andaba yo, cuando vi algo que brillaba entre restos de algas que el mar había arrastrado hasta la orilla. La curiosidad me pudo, así que bajé hasta el margen de la playa y me agaché a recogerlo, intrigado por saber qué podía ser: ¿un regalo inesperado?, ¿un mensaje de tierras lejanas? Lo cogí y, al abrirlo, descubrí un bombón de chocolate con una almendra incrustada. «Mi preferido», pensé. «Además, parece intacto».
Miré a mi alrededor para comprobar que no se le hubiera caído a alguien cercano. No había nadie, ni nadie se fijaba en mí. Estaba solo ante el bombón, los dos cara a cara. No sabía qué hacer, ¿me lo comía o no? Porque lo que estaba claro es que no lo iba a llevar a la oficina de ‘Objetos Perdidos’ de la Policía de Candelaria. ¿Qué hacía un bombón en la playa? «Menuda combinación», pensé. «Dulce y salado. Seguro que el cocinero Ferran Adrià se inventaría un postre».
La tentación, he de reconocerlo, era muy fuerte. El aroma del chocolate con almendra era superior a mí. Me lo acerqué a la nariz, después a los labios. Cerré los ojos y dejé que el sabor del cacao de una minúscula porción del bombón inundara mi boca. Lo que sucedió a continuación fue inesperado: mientras el dulzor del bombón se derretía en mi lengua, quedé extasiado. El sabor de la sal del mar, que aún permanecía en mis labios, se mezcló con el chocolate, creando una mezcla explosiva de contrastes. Era como si lo dulce y lo salado hubieran decidido unirse en un baile lujurioso, provocando una sensación totalmente nueva para mí.
El bombón, con su dulzura, se combinaba con la sal del mar de una forma que jamás me habría imaginado. La sal realzaba el sabor del chocolate y lo transformaba en algo completamente nuevo. Cada pequeño bocado aumentaba mi excitación, me erizaba el vello de la piel. No lo puedo expresar con palabras. «Como en ciertos momentos íntimos de la vida», pensé.
Me quedé ahí, medio estirado en la orilla, viendo cómo las olas iban y venían. Me sentía como si hubiese alcanzado un orgasmo en la orilla del mar. Cuando finalmente me calmé, no pude evitar sonreír al pensar en la ironía de la vida. A veces, las cosas más inesperadas, como un bombón en la orilla del mar, pueden ofrecer un placer indescriptible. Destendí una de mis reflexiones y aprendí que esa experiencia la podía extrapolar a la vida, porque no hay combinación imposible, solo hace falta encontrar el momento adecuado para que todo encaje.
*Si te gustó, puedes leer mi artículo anterior aquí: Otro 12 de octubre más
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