Inspirado en La tía pobre – Sauce ciego, mujer dormida
de Haruki Murakami
Ese día dormí horas y horas. Me acosté de día y cuando abrí los ojos, la luz que se colaba por las rendijas de la persiana, me hizo pensar que acababa de dormirme. Desperté en medio de un prado, debajo de un grandioso árbol. Por debajo de mí se extendía un valle lleno de ganado y los reflejos del sol me guiaron hasta aquellos equinos, porque aunque desde arriba se divisaban vacas y toros, a medida que me fui acercando, pude ver que eran caballos de colores. Era efecto de los haces de luces que desprendían los rayos a pleno mediodía y que se colaban entre medio de sus patas.
Allí abajo me esperaba una sorpresa que jamás hubiera imaginado. No eran caballos, eran unicornios de colores, vivos y llenos de vitalidad. Sus cuernos reflejaban una luminosidad, cual purpurina. Dañaba la vista con mirarlos porque todos juntos emitían una florescencia novedosa en mi retina. Caminé entre ellos totalmente deslumbrada y ellos reaccionaban de manera natural. No se ahuyentaban, ni se asustaban, pareciera como si yo fuera invisible. Me llamó la atención el brillo de sus ojos y en sus bocas se dibujaba una ligera sonrisa. Me detuvo algo que me paralizó, dejé de verlos a todos y allí en el centro estaba él, el más hermoso unicornio que mi imaginación jamás hubiera soñado. Blanco como un oso polar y bello como una ninfa, mezcla de macho y hembra. Su ojo, porque sólo le veía su perfil, se clavó en mí y percibí un halo de paz, de tranquilidad, de seguridad y con su pata izquierda me llamó y yo escuché su voz ronca, aterciopelada y cálida como una meso-soprano. Sin moverme, porque juro que no caminé ni un paso, me encontré a su lado y siguió hablándome de todo lo positivo que los seres humanos podríamos hacer si quisiéramos, me dijo:
“Tienes que quererlo, tienes que llamarlo, tienes que desearlo, tienes que amarlo. Si no es así no vale, no lo intentes por otros medios; el odio, la envidia, la ambición desmedida, la avaricia existen, pero no las alimentes. Si logras hacer discernir, razonar y mentalizar, solo a uno de tus amigos, habremos logrado la inmortalidad de unos pocos o de todos. En tus manos está que transmitas mi mensaje”
Y aquí estoy en medio de este valle, reuniendo cuernos. El unicornio desapareció de mi vista, pero no de mi mente y por un momento creí que era yo.
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