Un espacio donde compartir cada mes los poemas y relatos del Club de creación literaria "Alisios de Verso y Prosa".

Este mes nuestro reto fue escribir combinando en un relato o poema la palabra BOMBÓN y MAR SALADA.

COMO UN BOMBÓN

Lange Aguiar

—Eres como un bombón, dulce e irresistible —dijo él, sonriendo mientras acariciaba su mano.

—Y tú, un aventurero, siempre buscando la mar salada —respondió ella, mirando el horizonte donde el cielo se encontraba con el océano.

—¿Te gustaría que nos perdiéramos en esas olas?

—Solo si prometes que, al final del día, serás mi bombón en la orilla de esta hermosa playa.

Y salieron juntos a surfear. Él se alejó y alejó y alejó y…

Ahora, cada atardecer en la playa, un bombón de chocolate se derrite y llora bajo el sol, mientras la mar salada susurra secretos de verano sobre un enamorado salado que nunca la mar devolvió.

BOMBÓN - AGUA SALADA

Cele Díaz

El bombón me lleva a pensar en chocolate, a imaginarlo bañado por fuera de un sabroso chocolate y al morderlo, por dentro, de un chorro de tan preciado líquido, que brota del fondo de un océano salado, conteniendo trozos sólidos que aparecen junto a ese volcán de lava dulce que en ocasiones son de sabor almendrado.

Navegan en ese mar dulce, se mueven al compás de las olas, siguiendo su vaivén, movidas por Eolo, dios del viento y también por Afrodita, la diosa del amor porque pienso en un bello y delicado bombón con forma de corazón, envuelta en una fina capa roja de papel de seda que Cupido a tierra firme desde el mar disparó.

Su pulso certero en mi mano depositó y yo, como feliz enamorada mirando las aguas azules y saladas que tenía frente a mí, lo llevé hasta mi pecho.

Lo acaricié y abrí mi cavernosa y apasionada boca para que muriera en su interior, sin apartar mis ojos de ese mar salado donde mi preciado bombón-volcán de chocolate nació. Cautivada por el placer de su sabor cerré los párpados y mi alma se extasió.

CHOCOLATE Y MAR SALADA

Rosa Galdona

Carlos vivía al borde de una ría. Allí, la mar salada del océano se mezclaba con el dulce y verde arroyo que llegaba de la montaña. Y se enlazaba igualmente con aquel agrio sueño que tenía cada noche pensando en la piel de Ángeles… ¡Cuánto echaba de menos su olor a salitre sudado y a sábanas revueltas…! Cada atardecer era una tortura para él, pensando en la inminencia de otra noche de pasión solitaria. Y se metía en la botella como una sanguijuela que se escurre por una boca enorme de alcohol hipnótico y derrotado.

Una noche, Carlos no podía aguantar en la cama y se echó a andar por la orilla del lago. La boca, de un amargo con olor a bilis, le apestaba hasta sin respirar. Cogió el coche, preso de un impulso irrefrenable, y se fue al Hipercor del polígono industrial que se escondía tras los matojos de la circunvalación. Por casualidad, halló en aquel sitio inhóspito a Isabel Preysler… ¡Guau, sí, era ella…! Así es que allí iba a comprar para no ser vista… seguía tan sociópata como la recordaba… y tan elegante y sexy, la jodía… Carlos no lo pensó dos veces, se armó del valor que da la testosterona y la abordó.

―Hola, Isabel, ¿te acuerdas de mí? ― le espetó con voz de Richard Taylor.

― ¡Claro!, ¿Cómo olvidarte, mon cheri?―respondió ella presa de un estupor entusiasta.

Y aquello fue un nuevo comienzo para Carlos. Isabel, su caramelito XXX, seguía sufriendo accesos de fiebre al tenerlo cerca, como antaño. ¡Ñosss! Aquello no se lo esperaba. El brillo de los ojos del hombre se quedó pequeño e inmerso en la mirada Led de alta tensión de la diva. Y envuelta en un desenfreno desorbitado, esta embadurnó a Carlos de bombones de lujo, de nocilla, de nutella, de licor… con envoltura dorada y a pelo. A todo  vapor. Y retozaron libres y sin miedo a nada, como un cheque en blanco dando tumbos entre políticos, sin freno, derrapando por lugares y sensaciones desconocidos para ambos hasta aquel momento, por paisajes de lujurias dulces y calientes como el chocolate. Ángeles pasó a la trastienda de la mente del muchacho aquella noche.

Aquella fue la velada del bombón tórrido para la Preysler y para un Carlos consumador de clímax sin piedad que no se conocía ni a sí mismo… CONTINUARÁ…

TODA UNA VIDA

Matale Arozena

Marcos y yo formábamos un buen dúo desde niños. Yo, atrevida, rebelde,  contestona, y como  es normal, con todas  esas pinceladas de carácter, muy impulsiva. Marcos, callado, sumiso, y con la candidez  que le confería  un cierto retraso en su desarrollo mental. Siempre de la mano de mi sombra. Me admiraba y yo lo protegía de los depredadores grandes y pequeños que, a veces, lo usaban como diana de burlas, quizás para fortalecer sus egos. 

Mi madre nos llamaba “el dúo temible” del cual yo era la cerebrito de las travesuras y Marcos el brazo ejecutor, excepto aquella vez que Marcos tenía sed y yo en un intento de ayudarlo, lo llevé a los baños de la escuela  y como ninguno de los dos llegaba al grifo del lavabo, le metí la cabeza en el váter para que bebiera. Ni que decir tiene que me costó un buen castigo en la escuela y en casa. 

Otra vez, en la playa a la que habíamos acudido de excursión con mis padres, que siempre llevaban a Marcos con nosotros como si de un hijo propio se tratara, nos acercamos a la orilla y yo, decidida como era habitual,  corrí a zambullirme, dejando a mi amigo en la orilla.

 -Vente conmigo, el agua está estupenda. A lo que me gritaba mi amigo:

 - ¡Nooo, que no sé nadar!

-No seas bobo, se nace sabiendo nadar.

 Después de unos cuantos dimes y diretes, Marcos se metió en el  mar  y empezó a tragar agua. Yo, sin pensar que era de verdad, pues imaginaba que estaba de broma, le decía:

 -¿Verdad que la mar está salada?

Hasta que de pronto lo vi desaparecer. A mis gritos, mi padre se lanzó al agua y lo llevó a la orilla. Gracias a que todo fue rápido, Marcos se recuperó del incidente en seguida. Se sentó junto a mi padre, agradeciéndole en silencio con su mirada asustada, el haber sido su salvador. Tan sólo repetía una y otra vez con un hilo de voz casi imperceptible:

Mecachis en la mar salada… Jodida esa mar salada.

El tiempo fue pasando, pero nuestra amistad siguió siempre adelante. Teníamos muy buena sintonía. Llegó la pubertad y ya éramos más maduros en nuestras acciones; yo seguía siendo bromista, pero de otra manera; Marcos, serio, callado y siempre como si mi sombra fuera. Su mente continuaba en ese limbo un poco infantil y a veces, queriendo imitarme, metía la pata. Como por ejemplo, cuándo queriendo agradarme, se acercó a mí y me dijo al oído “bombona”. ¡Me dejó de piedra! ¡Pues no me estaba llamando gorda! El sonriente y ufano por su atrevimiento, se puso rojo y casi a punto de llorar cuándo le llamé la atención por semejante insulto. A mí, su amiga querida, la que siempre lo defendió. Además yo no estaba gorda. Mi madre me llamaba “palillito querido”. 

-¿Por qué me has llamado gorda?

 Él, atolondrado, me contestó: 

- ¡Nooo! si lo que yo quería era piropearte; eres dulce y rica como el chocolate, que es lo que más me gusta y por eso te llamé “bombona”.

 -Pero criatura de Dios, a lo mejor, lo que quisiste decir, por lo que me explicas, era que soy como un bombón.

Marcos, en voz baja, temiendo volver a meter la pata, contesta:

-Sí, pero eres una chica y entonces eres como…¡una bombona!

Me dio un ataque de risa y me abalancé a él para darle un abrazo. Lo dejé desorientado. El pobre no era rápido y tardó en comprender mi reacción. Su mente  aniñada e inocente no daba para más. ¡Cómo quería a Marcos!

Nuestras vidas fueron paralelas hasta la adolescencia, en la que yo dejé el pueblo para estudiar en la capital y él se quedó trabajando en un bar.

Yo volví poco por el pueblo, pero a través de mis padres sabía de él y un día, me llegó la noticia de que Marcos tuvo un accidente de automóvil y quedo inválido en una silla de ruedas y posteriormente, como consecuencia de sus secuelas, falleció.

Cada vez que voy al pueblo, visito su sepultura, rezo, y le dejo sobre la lápida un bombón  y con él, todo mi cariño.

Siempre estarás en el corazón de esta "bombona". ¡Volveremos a encontrarnos querido amigo!

(sin título)

Jesús Antonio Abreu Luis

Un dulzor amargo  obligado,

el bombón de su paz

no de la mía.

Mío es el sabor a sal

de mis lágrimas.

Mía es la mezcla

de chocolate y hierro

que inunda mi boca.

Es posible que otra vez

sea otra vez ojo

de huracán.

Es posible que otra vez

sea otra vez invisible.

MAR SALADA

Candelaria González

Quisiera confirmar que estoy enamorada

del susurro continuo y estridente de la mar salada.

Me seduce como un bombón lleno de licor.

Me emborracha en sus saladas caricias,

percibo que revivo en ella,

como si se derritiera en mi boca

un laberinto de dulzura.

Eres una delicia bomboncito de mar salada,

siento placer cuando me hundo todas las mañanas en tu playa.

Tu frescura y dulzura de bombón me relaja.

ERIZO DE MAR

María del Valle  García del castillo y Bello

Sus pies descalzos fusionando los siglos

se esparcen por las negras piedras

las lapas pegadas a ellas,

los burgados, debajo,  guarecidos de la

humedad más bella.

Juegan las viejas, el pejeverde

diminuto, alborotando las aguas fieras.

Y en los silenciosos susurros

las enaguas acunan las generosas manos

que cubren la orilla de su encaje de espuma.

Y saborean la más dulce gónada

atesoradas en las púas negras,

el dulce de la mar salada

manjar de las Afortunadas.

Añadir nuevo comentario