En el mes de abril se celebra en el mundo el Día del Libro. En nuestra tertulia no podíamos pasar por algo esta circunstancia y decidimos ponernos el reto de "Hablar de libros", aquellos que nos marcaron por alguna circunstancia a lo largo de nuestras vidas.

Como siempre surgieron poemas y relatos muy emotivos, como siempre que nuestros retos nos hacen dar un paso atrás en el tiempo. Un trabajo que emprendieron con ilusión los miembros de Alisios de Verso y Prosa sacando todo el partido posible al tema central.

Muchas gracias a todos los que lo hicieron posible y aquí les dejamos una muestra de los trabajos realizados. Esperamos que les gusten.

Libro ¿Quién eres?

Por Matale Arocena

Depositario inerte de lo eterno,
pájaro de alas ligeras y enfiladas,
sobre las que llevas palabras hilvanadas
que nos transportan al cielo o al averno.

Sugeridor de sueños sin medida,
aportando colores diferentes
a lo que surge al contemplarte, en cada mente,
confiriendo distintos ritmos a sus vidas.

Desde que sales a la luz no tienes dueño,
pues serás de aquel que quizás, como en un reto,
intima y juega con tu yo repleto
queriendo poseerte con mimético empeño.

Siendo, como eres para mí un bien preciado,
a los hacedores de libros agradezco
que sacien con las obras que han creado,
esta sed de libros que padezco.


Reflexiones sobre el libro

Por Miriam Suárez

El libro que elegí de mi estantería para comentar fue La última biblioteca, de Freya Sampson.

En él se cuenta la historia de June, una muchacha a la que se le truncó la vida porque tuvo que cuidar de su madre enferma, teniendo que dejar la universidad. A pesar de eso, era feliz trabajando en la biblioteca, donde la mejor parte de su trabajo consistía en ayudar a los usuarios habituales, a quienes conocía por nombre y apellido.

Sin embargo, al volver a casa y encontrarse sola con su gato en un hogar lleno de figuritas y otros objetos que acumulaba su madre, sentía un gran vacío.

Su madrina, llamada Linda, le aconsejaba que se deshiciera de todo y convirtiera ese hogar en su propio espacio, pero ella seguía anclada.

Por otro lado, la vida cambiaría cuando su antiguo amigo Alex volvió al pueblo para trabajar en el restaurante chino de su padre. Él la animó a volver a la universidad y, aunque ella se negó, pasaban mucho tiempo juntos.
No obstante, cuando todo parecía ir bien, amenazaron con cerrar la biblioteca, la única del pueblo, perjudicando al niño que estudiaba en ella, a la persona mayor que utilizaba el ordenador disponible en las instalaciones, a la señora que se nutría de ella buscando recetas de cocina, etc.

Era el centro neurálgico de aquel pequeño pueblo; si la cerraban, se quedaría sin vida, o al menos perdería la poca que tenía. De modo que la gente se atrincheró para impedir que cerraran la biblioteca.

Me identifiqué bastante con esta trama porque yo también tuve que dejar los estudios por asuntos familiares.

Además, reverbera en mí una escena en la que June recuerda, mientras ordena la biblioteca, que en un espacio ahora pintado de blanco y dedicado a libros de cocina antes estaba el área infantil, pintada con conejitos, donde su propia madre le leía cuentos a los niños y a ella misma cuando era pequeña. Me recordó a mí porque en mi familia leer es una costumbre. En cada Navidad encontrábamos un libro bajo el árbol y, sobre todo, a mis primas y a mí nos sigue gustando leer.

Por eso este libro me ha marcado tanto, porque ha sido uno de los pocos en los que he sentido que están hablando de mí, en lugar de solo empatizar con el personaje.

Para no perder la costumbre, yo también se lo inculqué a mi sobrina: íbamos juntas a la librería Agapea.


Mi primer libro

Marisol García

Mi padre siempre fue un gran lector. Nació en un pueblo en el que, como en tantos otros, los jóvenes no estudiaban, porque tenían que ayudar a sus padres en las labores del campo. Mi tía, siempre me decía que ella, mi padre y mi otro tío, salían todos los días temprano y que, mientras ellos trabajaban la tierra, mi padre buscaba un rato a la sombra de un árbol, para leer un libro.

La mejor herencia que recibí de mi padre fue sin duda, además de su gran amor hacia mí, la afición por la lectura.

Tenía una librería en casa, que cogía de pared a pared. No sé cuántos libros podría tener, pero estoy segura de que miles (al menos eso creía yo de pequeña).

Tenía 12 años y mi primer libro aparte de los que tenía que leer en el colegio de forma obligada, fue Luz que no se apaga, de la autora Mirtha Siccardi, una escritora argentina que supo cómo llegar a lo más profundo de mi corazón.

Recuerdo que le pedí a mi padre, un libro para leer y entonces él, con mucha seriedad buscó por un rato, hasta que se decidió por este libro. Me dijo: “creo que te va a gustar”.

Y así fue. Lo leí en las vacaciones de aquel verano y me impactó. Como la autora describía los paisajes de Bariloche, la nieve, los personajes, los sentimientos de cada uno. Yo devoraba la historia y hacía hasta las muecas y expresiones que hacían los personajes de la novela. Esta mujer consiguió que yo fuese ellos y viviese sus sentimientos. Entrecerraba los ojos como hacía Ronney y sonreía como hacía Martha.

Cuando lo terminé, volví a releerlo de nuevo.

Con el paso de los años, perdí la pista de mi adorada novela, no sabía dónde estaba, pero conseguí encontrar una librería que la tenía, así que no dudé en comprarla. Me pareció increíble, casi como un sueño, volver a tenerla entre mis manos.

La volví a leer, pero claro, ya no era una pre adolescente. Ahora era toda una señora mayor y con un sabor agridulce en los labios, me dije… ¿dónde están aquellas mariposillas en el estómago que sentí en aquel entonces, como las que sentía la protagonista con su primer gran amor?

La vida pasa y lo que en su momento fue una historia maravillosa para aquella niña de 12 años, hoy ha quedado en el dulce recuerdo de mi primera novela que con mucho amor me ofreció mi padre.


El olvido es a Santa Bárbara lo que el recuerdo a los truenos

Por Mati Pérez Saborit

El olvido es a Santa Bárbara lo que el recuerdo a los truenos.
Caí en esto cuando me acordé de mi primer libro. Uno de tapas duras y brillantes y con ilustraciones que ocupaban toda la página.

Contaba la vida de una mariposa que a mí se me antojó de un día. Seguramente porque eso fue lo que tardé en leerlo…, después de haberme pasado durante bastante más tiempo recreándome en aquellas ilustraciones preciosas, coloridas y que además me permitían sumergirme en ellas y hasta casi vivir allí.

El relato era breve, unas dos o tres líneas por página, con letra grande e impresas sobre las ilustraciones,
en el borde inferior.

Mis padres me observaban y pensaban que lo leía y lo releía, hasta que me sacaron de mi ensimismamiento cuando les oí decir otra vez ¡PITERA!.

Y esta vez pregunté qué era una pitera y me hablaron de una planta que solo florece una vez .

Con el tiempo relacioné el hecho de que floreciera una sola vez en toda su larga vida con mis hábitos de trabajo.
Lo que no recuerdo es cuándo escuché por primera vez la palabra pitera…
¡Santa Bárbara bendita!


Los libros

Por Rosa Galdona

Hoy vengo a hablar de libros. Sí, esos seres misteriosos que viven en estanterías y se alimentan del polvo que no limpio. “Los libros son como los cactus: si no los riegas, no pasa nada. Pero si los ignoras demasiado… se te puede llenar el cerebro de cochinilla.

Qué es un libro. Un libro es un mamífero cuadrado que se reproduce cuando lo dejas cerca de una librería con espacios libres.

Si abres un libro, salen letras. Si lo cierras, las letras se quedan dentro, enfadadas, esperando a que vuelvas. Los libros son como los ex: si los dejas a medias, te persiguen mentalmente durante años. Termínalos y no los vuelvas a abrir si no es en caso de emergencia.

Los libros son refugios. Algunos son acogedores. Otros son como entrar en una cueva donde vive un dragón que te grita: ¡No entendiste la metáfora! Si alguno no es tu refugio ideal, mándalo a paseo y coge otro.

Leer es una actividad de alto riesgo. Puedes llorar, reír, enamorarte, traumatizarte… o peor: ¡puedes aprender algo! ¿Te imaginas?

Luego, hay libros que te destrozan emocionalmente porque te ves en algún personaje muy estúpido. Puede pasar, pero no importa, se te quita pronto. Y luego están los de autoayuda, que te dejan hecho polvo, y encima te dicen que es tu culpa.

Los libros pueden ser ventanas a universos que no pediste. Mundos donde la gente habla raro, nadie paga alquiler y los personajes siempre tienen tiempo para pensar en sus sentimientos. En esos, a veces, me quedo trabada.

Luego están los tipos de lectores:

  • El subrayador compulsivo: subraya hasta los números de página.
  • El purista: no dobla ni una esquina. Si lo haces tú, te crucifica con la mirada.
  • El acumulador: tiene 200 libros sin leer. Los llama "mi lista de espera".
  • El spoiler humano: te cuenta el final antes de que abras el libro. Ese… ese merece que lo cuelguen por los pies.
  • Y luego está el lector nocturno: ese que dice ‘solo un capítulo más’ y a las 5 de la mañana se calienta una leche con galletas a ver cómo acaba.

Por qué leemos (la verdad absurda)

Leemos para escapar. Para viajar sin pagar maletas. Para vivir vidas que no son la nuestra.

Para enamorarnos de personajes que no existen y luego quejarnos de que la vida real es una mierda… También leemos para poder decir frases como: ‘En un libro que leí…’ y queda chulo…
En conclusión, amigos:

  • Que los libros no muerden. Bueno, algunos sí, como Drácula, pero son pocos.
  • Leer no te hace mejor persona… pero te da mejores excusas para no contestar mensajes si estás muy concentrado.
  • Y si algún día te sientes triste, perdido o confundido… ¡Abre un libro! Siempre habrá un personaje más desastre que tú. Y si no lo hay… ¡Escríbelo tú!

La señora seria de la entrada

Por Pilar Martín

Vacía. La casa estaba vacía. ¡Echaba tanto de menos sus voces!
¡Qué algarabía mientras esperaban sentados alrededor de la mesa!
Estaban impacientes por escuchar el cuento que se emitía a diario por la radio al mismo tiempo que almorzaban. Eran los únicos veinte minutos en los que los tres hermanos permanecían en silencio.

De pequeña soñaba con vivir aventuras irrepetibles en mundos inexistentes con su pandilla imaginaria. Creaba historias sin escribirlas que se quedaron escondidas en algún rincón de su cerebro para, un día, despertarlas de su letargo. Quizás había llegado el momento.

Ir a la escuela era su ilusión cada mañana y cuando llegaba el verano, se quedaba triste. Sin embargo, todo cambió cuando la llevaron a la biblioteca municipal una tarde. Era un lugar pequeño, pero a ella le pareció gigantesco a través de sus ojitos de niña de casi ocho años. Tomó asiento y empezó a leer un libro titulado ‘Los cinco van de acampada’ que le ofreció la señora seria de la entrada y que tanto le gustó.

A partir de entonces, su mente caminaba más rápido que sus pies para ir a aquella biblioteca y devorar una tras otra, todas las andanzas de los ‘Famosos cinco’, de la escritora Enid Blyton. Cada tarde volvía a casa muy
contenta creyéndose una más de aquella pandilla junto a su personaje favorito, el perrito Timmy.

Sintió la casa vacía. Estaba vacía, pero llena de recuerdos. Dio unos pasos y se paró delante de la repisa del minúsculo comedor en la que se erguían impasibles los doce volúmenes de la enciclopedia universal con tapas blancas y doradas. Su madre la compró con un dinerito ganado con gran sacrificio. Bordaba y cosía incansable puntada tras puntada, día tras día y noche tras noche cuando todos ya estaban durmiendo. Aquella enciclopedia
era muy especial para ella porque su madre la cuidaba como un tesoro.

Les decía que leyeran todos los días un poquito porque eran unos libros mágicos.

Cuando se fue de la casa, creyó ver a su madre despidiéndola en la puerta.

Sonrió feliz y se dirigió a su querida y pequeña biblioteca.


El susurro del pino

Por José Luis Regojo Borrás

Poco después de la jubilación del profesor, el pino cayó. Nadie lo vio. Pero cuando, semanas después, volvió al instituto para recoger una carta del Departamento de Educación que confirmaba lo que ya sabía —que estaba jubilado—, en el patio solo había un tocón desnudo.

—Pareció elegir su momento —le dijo la directora—. Por suerte, no había alumnos.

El profesor se quedó inmóvil frente a las raíces. Recordó las tardes de guardia, aquella vez que un alumno lo sorprendió hablando con el árbol y él, sin inmutarse, le contó lo que el pino le había susurrado. El chico se marchó pensativo. «Eso es enseñar», pensó entonces. No los informes, ni las estadísticas, ni los inspectores con su burocracia sin fin.

Se guardó un trozo del tronco.

Cuando su mujer llegó a casa, lo vio mirando la madera.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó.

—Escuchando.

Los últimos dos meses él había estado más callado. Una mañana, mientras desayunaba solo en el bar Alegría, vio entrar a la sustituta del curso pasado. Ya era funcionaria. Lo vio y se sentó junto a él.

—Hola. ¿Cómo estás? —preguntó.

—Jubilado —dijo él.

—¿Eres feliz?

—No lo sé —respondió—. Estoy aprendiendo a no necesitar una respuesta a esa pregunta.

Ella sonrió. Se despidió con un beso en la mejilla. Él se quedó mirando el café, ya frío, y recordó aquel día en que la había ayudado a preparar las oposiciones.

En ese momento, sintió que en el patio del instituto que ya no era suyo, un niño se acercaba al tocón del pino y le preguntaba en voz baja: «¿De verdad que hablaste con él?», y posó la mano sobre la madera muerta. La tierra, bajo sus pies, calló. Y en ese silencio, algo germinó.

*Este texto se refiere al libro El pino, de José Luis Regojo Borrás, publicado por Ondina Ediciones.


Hablemos de libros

Por Toñi Alonso


El estanco de “Lala” era un pequeño mundo por explotar. Cuando mamá me mandaba a comprar hilos de la mejor marca, sobres de avión para enviar cartas a Venezuela, o simplemente a no sé qué, para mí era un placer. Recuerdo el pequeño mostrador de cristal y aluminio que dejaba entrever lo que podía ser un regalo de cumpleaños, aniversario o lo más evidente un pequeño presente para regalarse uno mismo.

Aquella tarde iba por hilo blanco para coser unos botones que, caídos del uso en la camisa de tergal de mi padre, pedían un cambio inminente si quería seguir pareciendo “adecentado”. Contaba además con 100 pesetas para comprarme lo que yo quisiera, todo un capital en aquellos tiempos en los que las revistas de niñas costaban 25 ó 30 pesetas, pero yo ese día dirigí mi mirada al altillo del armario que colgaba encima de la nevera de helados,
el sitio más alto donde se escondían entre novelas del Oeste, recetarios de cocina, y… algún pequeño libro de bolsillo que me intrigaba sobremanera que podrían contar entre sus páginas, era tan chica, y lo sigo siendo, que no llegaba ni por asomo al primer estante pero sí existía una butaca de cocina que a modo de escalera me elevaría al más alto de los sueños.

- ¿Qué son esos libros, Lala?, ¿Puedo mirarlos? La respuesta no se hizo esperar y me subí para ver desde allí un mundo diferente, abajo quedaban las revistas de niñas, el Jabato, El Guerrero del Antifaz, Zipi y Zape,… y allí arriba estaban los de bolsillo, nunca entendí porque se les llamaban así hasta tiempo mucho más tarde, para mí eran simplemente lo nuevo, lo que los mayores disfrutaban sentados en los bancos de la plaza y que yo no había disfrutado, era lo que me intrigaba aquellas letras seguidas y sin dibujos ni fotografía, que cosas dirían… Y allí estaba yo eligiendo uno que costase menos de 100 pesetas para poder descubrir.

Y encontré uno de tapas azules y un dibujo que parecía una niña, el título: “Ojos de Perro Azul”, de García Márquez, ni sabía yo quién era el escritor y menos de que trataba aquel libro, pero lo escogí de entre unos cuantos. Y costaba 100 pesetas que podía pagar.

Baje de aquella butaca llevando en mis manos mi preciado tesoro y sin saber de qué trataba ya lo cuidaba como una joya… sigue estando en la estantería de mi casa, con hojas amarillas, despegadas y alguna doblada, pero después del paso de los años sigue siendo mi primera joya literaria, la primera que dio paso a un sinfín que forma parte de mi mejor legado, los libros.

Hace unos años quise tener una gran biblioteca donde exponer todos mis tesoros, y no bastaron las tres enormes estanterías que mi hijo me regaló e instaló en la habitación del fondo. Las cajas se apilaron en la pared de enfrente y comprendí que necesitaba más estantes. Pero la vida a veces es caprichosa, me mudé de casa y en la nueva, no tengo lugar suficiente, me he deshecho del sesenta por ciento de mi colección, quiero pensar que están en buenas manos lectoras, y el resto se pelean por subir a la pequeña estantería nueva, los voy renovando, los recoloco y estoy releyendo algunos.

Ahora mi objetivo es escribir mis propios libros, así que, dejaré para más adelante una nueva biblioteca.


Brandan, el libro

Por Emma Coello

Hay libros misteriosos y este sin duda lo es.

Conozco a una escritora que cierta vez las musas la visitaron y como en un sueño le susurraron al oído: Escribe de nosotros, de nuestro mundo, solo tú puedes hacerlo, a diferencia de tu especie sigue viva en ti la parte más auténtica, la que representa nuestra esencia, la curiosidad, el asombro, lo mítico y lo mágico.

Y se adentró en su mundo habitados por cinco especies de seres que conviven en completa armonía: duendes, gnomos, enanos y elfos, siempre protegidos por Acoran, su Dios, y nos sumergimos más profundo hasta dar con su personaje principal, Adal, y con él el amor, el que surge y el que se añora, el que se encuentra y el que nunca se deja de buscar, todo esto y mucho más es Brandán, el libro.


Palabras al atardecer

Por Candelaria González

Sentimientos tengo muchos,
muy hermosos día a día,
Con el arado abro surcos y recuerdo tu alegría.

PALABRAS AL ATARDECER
Quisiera destacar este libro, muy especial para mi, cuando un puñado de mujeres nos reuníamos martes tras martes en la Casa de la Cultura de Santa Cruz para leer nuestras vivencias en poesía y relatos de vida.

Alegría de tantos corazones abiertos a los retos que nos proponía escribir nuestra profe Luisa Chico, implicada siempre a todo lo que pedíamos. Con este bonito nombre del grupo, Alisios De Verso y Prosa.

Lo pasamos muy bien escribiéndolo, como en su presentación en Tenerife y Las Palmas.

Fue alegría para mi ver mis escritos volando por primera vez de mano en mano, con cordialidad y compañía.
Gracias amiga Luisa por tanto y por seguir con esta Casa en Candelaria.

LIBRO AMIGO
Libro querido amigo, extraño encuentro tuve contigo, lloré mucho, como hacía tiempo no lo había hecho.

Pasados ya los años, te miro y sonrío. ¿Que ha pasado con las lágrimas vertidas esos días? Será que la vida da muchos golpes, el corazón se endurece y lo que tu escondes en páginas escritas.

hoy me parecen campos de amapolas silvestres, entrando por la venta, con el perfume que ofrecen.

Añadir nuevo comentario