La palabra estereotipo surge del ámbito de la tipografía y hace referencia a los moldes que se utilizaban para las letras impresas. Las características de dichos moldes, a saber, fijeza, repetitividad y rigidez, han servido para representar distintos aspectos de la conducta humana. El significado que hoy nos interesa subrayar es la forma que tenemos de representarnos idealmente la realidad. Los estereotipos son estructuras de simplificación para reconocer y catalogar la realidad. Además, tienen la función ideológica de justificar situaciones sociales concretas y racionalizar el sistema social. ¿Cómo surgen los estereotipos? Según la orientación sociocultural, los estereotipos tienen su raíz en el medio social y se aprenden en el proceso de socialización, a través de normas prejuiciosas, el proceso de socialización empieza en la familia y continúa en la institución educativa, los medios de comunicación y la cultura en sentido amplio. Según la teoría sociocognitiva, los estereotipos se forman en el interior del individuo, pero surgen de los procesos de percepción social, así que también participan de normas prejuiciosas. Tanto si se forman en el medio social, como si lo hacen en el interior del individuo, lo que está claro es que tienen carácter prejuicioso. Es importante resaltar que los estereotipos tienen una clara tendencia a la estabilidad y, por tanto, resistencia al cambio. Además, hay que tener en cuenta el carácter afectivo, emocional y valorativo de los estereotipos, que los hacen ser prejuiciosos.

Vamos a ver elementos que contribuyen a la formación de los estereotipos de sexo.

Por un lado, están los elementos culturales. El marco general en el que se inscribe toda nuestra historia es lo que podemos llamar civilización occidental. Esa forma de civilización ha generado unos valores que constituye el modo de vida que conocemos con el nombre de patriarcado. Entendemos por patriarcado occidental el sistema de vida que se origina en la antigua Grecia y tiene su acto fundacional en los libros de Homero y Hesíodo. En este primer relato de la fundación de la cultura occidental ya pueden observarse algunos rasgos de lo que serán los estereotipos masculino y femenino. La actitud de Zeus es decidida, valiente, activa, ambiciosa y violenta. Tiene un sueño o proyecto de vida que se expresa hacia fuera, en el espacio público, en el poder político. Mientras que la actitud de Rea, es pasiva y agota su destino en ser madre. La maternidad es el único sentido de su vida. Es soporte y mediación para la vida de él. Ella vive para que su hijo cumpla su sueño, ella no tiene ningún objetivo personal, no tiene ningún sueño. Desde esta narración fundacional se repiten los estereotipos masculino y femenino de esta manera: Las características que corresponden al estereotipo femenino, que representa Rea son: la pasividad, el amor materno, la mediación, el soporte o apoyo del otro, y su proyecto de vida se liga al sentimiento, al hogar, a la vida doméstica, al terreno privado. ¿De qué es privada Rea? De la vida activa, de tener un lugar en el espacio público, del acceso al poder, y, en definitiva, de ser reconocida como sujeto, en el espacio social y político.

La distribución sexual del espacio queda delimitada desde este acto fundacional de nuestra cultura. De esta división de papeles y de actitudes se seguirán todas las diferencias que se han ido acuñando a lo largo de la historia de nuestra civilización y que divide a la especie humana en dos sexos a los que jerarquiza. El sexo masculino se considera superior y el sexo femenino se considera inferior.

Como decía al principio, los estereotipos tienden a permanecer inalterables, incluso aunque cambien las situaciones. Es decir que, aunque muchas mujeres tomen parte activa en la vida productiva, social y política, los estereotipos que se le asignaban cuando eran mayoritariamente amas de casa, no han cambiado.

Los valores que se asignan al sexo masculino se agrupan en torno al concepto de producción, relacionados con los atributos de: inteligente, creativo, activo, fuerte, emprendedor, dominante. Los valores que se asignan al sexo femenino se agrupan alrededor de la vida privada y en torno al concepto de reproducción y engloba los atributos de: sensible, pasivo, instintivo, débil, emocional, temeroso. Aunque haya casos concretos, como la participación de mujeres en el ejército, o la participación en actividades de riesgo que pueden poner en cuestión estos atributos, en la mayor parte de la sociedad se siguen reproduciendo estos estereotipos. De tal forma que, el sujeto masculino crece creyendo que tiene que ser fuerte, dominante, emprendedor, etc. Y el sujeto femenino crece creyendo que tiene que ser agradable, hermosa, dócil, obediente, sentimental, delicada, etc. En el sujeto masculino el aspecto físico no es determinante porque lo que se espera de él es su rendimiento intelectual y laboral. En cambio en el sujeto femenino el aspecto físico es fundamental porque gran parte de su función está relacionada con la seducción.

Este es el marco general valorativo-cultural en el que se inscribe la formación de los estereotipos masculino y femenino que impiden la igualdad real entre hombres y mujeres y que es causa de los malos tratos y asesinatos de las mujeres porque se ha educado a los hombres haciéndoles creer que pueden ser dueños de la mujer que aman, como veremos a continuación.

El aspecto social es imprescindible en la formación de estereotipos. El punto de partida es la familia. En esta institución empezamos a ser personas. Allí comenzamos a comprenderlo e interpretarlo todo. Es la primera experiencia de nuestra vida y nos marca profundamente para el futuro. La familia patriarcal (modelo generalizado) es en sí misma un ejemplo del reparto de papeles por razón de sexo. Pero, además, es el lugar donde se inician los rituales y lo gestos delimitadores de los roles masculinos y femeninos. (En este sentido es muy interesante el libro de Bourdieu. “La lógica de la dominación masculina”). Desde la cuna empieza el tratamiento diferenciador hacia los bebés de ambos sexos: los colores, los adornos, la ropa, los primeros juguetes, hasta el mobiliario de la habitación es diferente según el sexo. Interesa subrayar que estos símbolos diferenciadores, que acompañan a los rituales de iniciación, no son valorativamente neutros. Los símbolos masculinos se consideran superiores o dignificadores. De tal forma que, si los utilizara un sujeto femenino, no se consideraría ridículo, porque pertenecen al sexo superior, por ejemplo, el color azul. Pero si los símbolos diferenciadores del género femenino se aplicaran a un miembro del género masculino resultaría denigrante y ridículo. Por ejemplo, vestir al niño de rosa y con volantes, o regalarle muñecas, cacharritos de cocina o cualquier otro objeto considerado femenino. Porque lo femenino no dignifica, sino que humilla. Multitud de frases y gestos de los adultos de la familia, inducen a los niños y niñas a internalizar estos estereotipos. Exclamaciones como “qué femenina es la niña” o “qué machote y fuerte es el niño”, “Los niños no lloran”, o “qué preciosa está la niña con ese vestido”. Sólo por citar algunas.

En segundo lugar, haremos referencia a los cuentos infantiles. Me parece muy importante este tema porque es fundamental para entender la formación de la sensibilidad y de los deseos que se almacenan en el subconsciente de la infancia, por medio del lenguaje, que a través del deber ser, es decir, de la idealización de la vida, constituye una de las armas más eficaces para la formación de los estereotipos. Porque por debajo de los argumentos, de las distintas historias, lo que se está transmitiendo es la forma de ser feliz. El deseo de felicidad es uno de los puntales de la cultura occidental. Por eso en los cuentos se determina la formación profunda de los deseos subconscientes. A través de las distintas historias va quedando un fundamento, unas claves para la vida feliz, de lo que se sigue un aprendizaje para los roles diferenciados sexualmente. El mensaje del cuento es muy simple y repetitivo, para que el mensaje sea comprendido e internalizado.

La estructura de los cuentos de hadas y de princesas, destinados a las niñas, es como sigue: Hay una protagonista femenina, que por diversas causas está en peligro. Pero ella no tiene capacidad para imaginar ninguna solución, ni se lo plantea, sólo podrá salir de su estado de desgracia gracias a un caballero, que reproducirá el papel del héroe originario, que la salvará y la hará feliz con su amor. Para ser salvada ella lo ha seducido con su dulzura, su belleza, su suavidad, comprensión y sumisión. Y como recompensa, obtendrá la boda. Que se constituye en el deseo prioritario de los sujetos femeninos. Porque representa la felicidad aprendida en los cuentos. Los cuentos acaban en el momento de la boda, pero se da por supuesto que a partir de ese momento ella será feliz si conserva el amor del caballero que la ha salvado.

En los cuentos de aventuras el protagonista siempre es un joven, un sujeto masculino. Los personajes femeninos, si salen, tienen solamente un papel secundario. Las aventuras que vive el joven pueden ser de hazañas bélicas, de riesgo, de valor, de descubrimiento, etc., siempre se refuerza el mensaje que ya se reservaba para los sujetos masculinos en los cuentos de “niñas” de princesas o de hadas. Es decir, su destino es ser activos, valientes, arriesgados, y lo conseguirán porque por naturaleza son fuertes, inteligentes, generosos, seguros de sí mismos y por eso deben proteger y dominar a las mujeres.

Así pues, el mensaje que queda sedimentado en el subconsciente de los niños es: para ser feliz debo realizar una hazaña, debo ser un héroe, y así obtendré a una “princesa” que me pertenecerá y obedecerá. Mientras que en el subconsciente de las niñas se inscribe: para ser feliz debo seducir a un héroe, para cuidarlo, amarlo más que a mí misma, darle hijos y entregarme completamente a su servicio.

La segunda institución que interviene en la formación de los individuos de ambos sexos es la institución educativa, desde la guardería hasta la Universidad. Los mensajes simbólicos que reciben van en la línea de reforzar los estereotipos masculino y femenino, con los valores que hemos descrito hace un momento. Los juegos tienen una importancia capital, en los primeros años, para contribuir a la socialización de los sujetos. No hace falta decir que hay juegos para niños y para niñas, perfectamente diferenciados. En estos, se reproducen fielmente todos los valores que se han iniciado en la familia: los juegos de destreza espacial, de acción, de fuerza muscular, de investigación, son masculinos. Los juegos sedentarios, pasivos, de reproducción de rituales patriarcales y sociales, son femeninos. Casi se puede decir que cuando los niños y las niñas cumplen 6 años, el trabajo social de distribución de los roles sexuales, en el espacio del deseo, en el espacio simbólico, ya está hecho.

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