
La Plaza de Santa Ana es espaciosa bonita, colonial, cargada de historia. Rodeada por la Catedral, las Casas Consistoriales y los antiguos palacetes, ha sido durante siglos lugar de encuentro, de juegos infantiles y de pasos solemnes.

Mis padres me llevaban el Viernes Santo por la mañana a ver la procesión. Hacía frío, pero ya se sabe, a partir del Jueves Santo el tiempo cambia y el aire se pone destemplado, transparente y cortante. Jesús había muerto y la Dolorosa de Luján Pérez y el Cristo Capitular salen del atrio de la Catedral Basílica de Canaria a la Plaza y, detrás de los Pasos, desfilaban mujeres y niñas en silencio con las mantillas canarias, blancas, símbolo de respeto y pureza. Recuerdo cómo mamá sacaba de una caja amarillenta aquella prenda que ella usó y guardó como un tesoro envuelto en papel de seda por si un día tenía una niña.
Han pasado los años y me sigo emocionando en ese instante en que La Madre y el Hijo se miran frente a frente. La vida ante la muerte, mientras la Banda Municipal interpreta el tercer movimiento de la Sonata número 2 en sí bemol menor, opus 35 de Chopin. Entonces, esos compases suben por mi piel, entran en mis oídos, desmenuzan mis emociones y se me saltan las lágrimas. Finalmente suenan las campanas, el público aplaude, las palomas vivarachas, ascienden, vuelan alrededor de la Plaza y yo siento la existencia de ese paraíso que un día me acogerá.
Siento como los recuerdos van y vienen, evoco los días en que me subía en los perros silenciosos, que desde el año 1895, adornan la plaza, fueron realizadas por el escultor Alfred Jacquemart, e incluso conservo alguna foto, pero no son exclusivos. En Londres, en la entrada de la iglesia de Saint George, en Hanover Square, vemos también a esos guardianes, compartiendo la tradición artística de la Europa del siglo XIX.
Al principio los miraba con recelo, les tenía miedo, después cierto respetito, pero poco a poco fui cogiendo confianza, me inclinaba hacia adelante, les acariciaba el hocico, mientras ellos me susurraban sus secretos. Aspiraban la libertad, ese pan que tanto escasea, por no hablar de penurias, ni violencia, porque es más fácil odiar que amar. Me estremecían.
Faycán, título del libro, es una especie de alegoría de animales que corretean por la corriente de agua que baja por el barranco de Guiniguada, los puentes de piedra y de Palo, el Mercado de Vegueta. Son personajes vagabundos libres, rebeldes o guardianes, soldados o viajeros. También está Tindaya contemplativa y Bentayga que representa la fortaleza.
Años más tarde, empecé a llevar a mis hijos a La Plaza de Santa Ana. No podía dejar de visitar esas ocho mascotas que forman parte de mi infancia.
El músico y escritor Víctor Doreste les dio a estas mascotas nombres guanches, cerebro y esa grandeza que viaja en el interior del alma. Todos ellos guardaban y guardan los juegos y la devoción, la infancia y la memoria, el arte y la fe. La audacia. El alma de la ciudad que nos recuerda quien hemos sido y qué queremos seguir siendo.
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