
Por aquella época aún se escuchaban bastantes canarismos revoloteando por los pasillos, durante los recreos, integrados en la rutina diaria incluso de los más jóvenes. Don Pedro distaba mucho de ser reconocido como canario en cuanto abría la boca, pese al amplio puñado de cursos que llevaba vividos en la isla de los volcanes; conocía los términos, las expresiones, las peculiaridades de cada zona, muchas tradiciones... lo valoraba, respetaba, se implicaba en su difusión.
Todavía recuerda perfectamente a Víctor, el conserje de uno de los centros en los que permaneció don Pedro unos cuantos años, se mostraba como ultradefensor de la identidad guanche por encima de todo. Ustedes los conquistadores siguen viniendo a robarnos el trabajo, los mejores trabajos, agüita con ellos, no son toletes; déjennos en paz, váyanse a guindar agua con el balde a otro aljibe que no sea canario... Entre risas y veras largaba su repertorio cada vez que podía a profesores como don Pedro, paciencia infinita, enemigo de abrir debates estériles. Cuando coincidía el conserje con personajes como don Luis, profesor de Geografía e Historia, de las punzadas veladas pasaban a los ataques sangrantes, intensos si sabían que el director había salido del centro educativo. Presumían de ser conejeros de enésima generación, estudiosos de la “lengua guanche”, como enseña lucían un almanaque en guanche en el lugar más visible de la conserjería. A veces consiguieron generar cierta incomodidad en don Pedro con sus comentarios, aunque nunca enfadarlo.
Cada 30 de mayo se celebra el Día de Canarias; en los centros educativos con anterioridad, se organizaban actos diversos, más bien en función de la canariedad del equipo directivo. A don Pedro le había tocado cierta variedad. No obstante, siempre en clase, con el alumnado, seguía las pautas acordadas por el Departamento de Lengua Castellana y Literatura, actividades como lecturas curiosas relacionadas con mitos y leyendas guanches, la adaptación de algunos cuentos tradicionales a la modalidad lingüística canaria con sorprendentes y pintorescos resultados, la selección de al menos tres canarismos por cada alumno con su explicación... ejercicios que iban ampliándose, enriqueciéndose curso a curso.
Desde hacía unos años, en el centro rural en el que don Pedro trabajaba, se venían desarrollando concursos de decoración de mesas por grupo con elementos típicos, productos propios de la gastronomía insular preparados por madres, padres, abuelos con mucho cariño independientemente de su lugar de nacimiento. La mayoría del alumnado, profesorado, personal de administración y servicios acudían al instituto ataviados con el atuendo típico canario. Por diferentes zonas de los pasillos de la planta principal se exhibían los trabajos más destacados del alumnado, los vinculados con lo canario. La música tradicional cubría todos los espacios, una agrupación musical creada por uno de los profesores del Departamento de Música, interpretaba varias piezas del folclore canario, acompañadas algunas por bailes.
Algunos profesores ya jubilados en este centro acudían en torno a mediodía a preparar y degustar un sabroso sancocho canario con cherne y corvina; varios de ellos participaban durante la mañana en charlas sobre juegos, deportes típicos, demostraciones de bola canaria, lucha, el palo, el salto del pastor, el tejo, el silbo gomero...
A don Pedro le sorprendió sobre todo la celebración en la que el compañero Miguel, profesor de inglés, gomero de nacimiento, organizó algo espectacular. Se las ingenió para contactar y convencer a Victoriano, un agricultor de los de siempre, uno de los pocos que aún tenía burros, más por capricho, añoranza y sobre todo por regalar ilusión, paseos a los niños y una ventanita al pasado. El fruto de aquellas conversaciones, mantenidas en el más puro secretismo, se empezó a disfrutar la tarde anterior al día señalado. Habían acotado entre Miguel y Victoriano un amplio espacio junto a la escalera de acceso principal al centro, lateral izquierdo, en forma circular; la zona más llana, perfectamente surtida de sol y refrescada por el ímpetu del viento infatigable. Apoyados contra la pared unos cuantos haces de mies, gavillas de trigo según explicaría más tarde el campesino, había habido una excelente cosecha, temprana.
El trillo lo transportarían la mañana siguiente, apero de labranza conservado como un tesoro familiar, desde su abuelo paterno venía prestando su servicio, también dos bieldos para aventar las mieses con destreza y la gracia del viento.
¿Qué mejor regalo para los sentidos de todos los presentes que la representación real de una era? La sola presencia del burro, la parva extendida, dispuesta a ser trillada captó la atención de todos. Miguel ya lo había previsto y con la ayuda de compañeros como don Pedro se iban turnando los grupos para presenciar el espectáculo natural. Ahí aparecía el campo no en su versión bucólica sino la cruda, la exigente. A don Pedro lo trasladó a esa adolescencia durante la cual ayudó a su padre a preparar la era con mieses de trigo, cebada, a veces centeno en un enclave alto, castigado a consciencia por el sol y abanicado por el viento de la montaña. Él lo recordaba como una aventura, un descubrimiento, un milagro de la naturaleza... sensaciones que iban poblando su tiempo, trenzando pasado y presente.
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