Mientras la naturaleza muestra su capacidad de regenerarse, el territorio sigue siendo agredido por prácticas que evidencian una preocupante desconexión social con el entorno.

Canarias vive hoy una paradoja que no puede pasar desapercibida. Tras un invierno que ha devuelto la imagen de una tierra viva, con correntías recorriendo laderas y barrancos, con presas y embalses llenos y con un verde que se expande de norte a sur y de este a oeste, el territorio también refleja una realidad mucho menos amable: la persistencia de conductas que lo degradan de forma directa y continuada.

El paisaje se recupera, pero al mismo tiempo se daña. Barrancos convertidos en vertederos, laderas ocupadas por escombros, enseres abandonados en espacios naturales dibujan una escena que ya no puede explicarse como algo puntual o anecdótico, sino como una práctica reiterada que evidencia una desconexión profunda con el valor y la fragilidad del entorno. No estamos ante un problema de desconocimiento, sino ante una forma de irresponsabilidad que, cuando se repite y se normaliza, termina por erosionar no solo el territorio, sino también el sentido de lo común.

A esta realidad se suma el deterioro paisajístico que producen los invernaderos abandonados, con plásticos y microplásticos que terminan alcanzando las costas y el mar, generando una imagen profundamente degradada que impacta tanto en el ecosistema como en la percepción del territorio, especialmente cuando se observa desde el aire al sobrevolar algunos de los aeropuertos de las islas. A ello se añade el descuido de la estética urbana y rural, con grafitis incontrolados, medianeras sin tratamiento, cartelería desmedida en los márgenes de las carreteras y el abandono de parcelas agrícolas y otros espacios en desuso, configurando un paisaje fragmentado que transmite dejadez y pérdida de identidad.

Pero más allá de los grandes espacios, hay un elemento esencial que a menudo pasa desapercibido y que, sin embargo, tiene un impacto directo en la calidad de vida de la ciudadanía: el paisaje cotidiano, ese que atravesamos cada día al salir de casa, al recorrer nuestras calles, al convivir con nuestros barrios y municipios. Es ahí donde se construye, de forma silenciosa, la relación más profunda entre las personas y el territorio.

El cuidado de ese paisaje cercano, visible y compartido es determinante. El estado del arbolado urbano, su planificación, su mantenimiento y el respeto a las buenas prácticas en arboricultura no son cuestiones menores, sino indicadores claros del nivel de compromiso con el bienestar colectivo. Un arbolado bien cuidado no solo embellece, sino que regula la temperatura, mejora la calidad del aire, genera espacios de sombra, invita a la convivencia y aporta equilibrio emocional a quienes lo habitan. Por el contrario, una mala gestión, podas inadecuadas o el abandono de estos elementos esenciales contribuyen a empobrecer el entorno y a deteriorar la experiencia diaria de la ciudadanía.

En este contexto, los palmerales, símbolo histórico del paisaje canario, muestran signos evidentes de agotamiento. Miles de palmeras muertas, enfermas o en riesgo reflejan un desequilibrio que va más allá de lo ambiental y que alcanza también a la identidad cultural del territorio, evidenciando la pérdida progresiva de un paisaje que durante generaciones ha formado parte de la memoria colectiva.

Frente a esta realidad, la reciente recuperación hídrica ofrece una imagen que emociona y que, para muchos jóvenes, resulta prácticamente inédita, aunque no puede interpretarse como una garantía de equilibrio permanente, ya que episodios como la calima recuerdan con rapidez la fragilidad del sistema y la facilidad con la que las condiciones pueden revertirse, situándonos nuevamente ante un territorio vulnerable que depende de múltiples factores y, sobre todo, de la forma en que es habitado.

Es precisamente en esa forma de habitar donde emerge uno de los aspectos más preocupantes, ya que cuando la degradación del entorno es fruto de acciones conscientes, reiteradas y con un impacto directo sobre los ecosistemas, el lenguaje debe ajustarse a la gravedad de los hechos. El vertido intencionado de residuos, escombros y enseres en espacios naturales no puede seguir siendo tratado como una falta menor o un simple acto incívico, sino como comportamientos que encajan en lo que, con rigor, puede denominarse terrorismo ambiental, en la medida en que atentan directamente contra el equilibrio del territorio y contra el bien común que sostiene la vida.

Nombrarlo implica también asumir consecuencias, porque la protección del territorio no puede depender únicamente de la voluntad individual, sino que requiere de una acción decidida por parte de las administraciones públicas en la prevención, la vigilancia y la sanción efectiva de estas prácticas, así como de una implicación activa de la sociedad que no puede permanecer ajena ni tolerante ante este tipo de conductas.

El cuidado del paisaje, tanto en su dimensión amplia como en su expresión cotidiana, es un síntoma claro de la calidad de vida de una población y también una manifestación del orgullo y del sentido de pertenencia a un lugar. Cuando ese cuidado se pierde, no solo se deteriora el entorno, sino que se debilita el vínculo emocional y cultural con el territorio, afectando directamente al bienestar colectivo.

Esta realidad externa tiene, además, un reflejo interno que no puede ignorarse. La forma en que tratamos el territorio habla de cómo nos tratamos a nosotros mismos. Cuando se impone una mirada reduccionista centrada exclusivamente en lo propio, se genera separación, se debilita el “somos” y se refuerza un “yo” que termina por desconectarse del conjunto. Frente a ello, se hace necesario avanzar hacia una visión más integradora, más solidaria y más armónica, donde el cuidado personal y el cuidado del entorno formen parte de un mismo movimiento.

Hablar de amor universal en este contexto no es una abstracción, sino una forma concreta de relación con la vida que implica ampliar la mirada más allá del interés individual y comprender que lo que cuidamos fuera también nos cuida dentro. Porque no somos si los demás no son, y en esa comprensión se abre la posibilidad de construir una convivencia más equilibrada, más respetuosa y más consciente.

El agotamiento del territorio no es solo una cuestión ambiental o urbanística, sino una expresión directa de la relación que mantenemos con él y con nosotros mismos. En un territorio insular, limitado y profundamente interdependiente, esta dinámica no admite margen para la indiferencia. Cuidar el entorno no puede seguir siendo una opción, sino una condición necesaria para la sostenibilidad de la vida en las islas, porque el paisaje no es únicamente lo que vemos, sino aquello que nos sostiene.

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