
Escuchar un nuevo capítulo del podcast Más Platón y menos Whatsapp de la cadena SER bajo la sombra de Echeyde me hizo reflexionar sobre el abismo que separa a nuestra sociedad tecnológica de la espiritualidad.
Acabamos de pasar la Semana Santa en la que el silencio de las procesiones se volvía más denso y significativo que el ruido de las redes sociales. El aroma a incienso plantaba cara a lo digital. En las calles empedradas de los pueblos y ciudades del archipiélago surgía una pregunta sorprendente: ¿Por qué en esta hipermodernidad tecnológica, la religiosidad o espiritualidad, no solo no desaparece, sino que resurge en silencio?
La Semana Santa en Tenerife fue el escenario perfecto para observar la contradicción en la que vivimos. Mientras estamos obsesionados por comunicarnos, lo hacemos de manera superficial: enviamos mensajes breves y vivimos historias en línea efímeras. Estamos atrapados en un consumo tecnológico que nos deja vacíos. De ahí que muchas personas se dejen atraer por lo espiritual.
Un ejemplo reciente de esta tensión lo hemos visto en la música de la catalana Rosalía. Sus últimas canciones exploran la fusión entre las estructuras musicales religiosas y lo digital. De la misma manera que las procesiones religiosas se emiten en streaming y permiten que lo ancestral viaje por fibra óptica. Lo sagrado no desaparece: muta, se adapta y encuentra nuevos canales para persistir.
En el siglo XXI, la tiranía de la inmediatez impide la trascendencia. Se ha pasado de buscar la redención de la culpa a perseguir un alivio terapéutico de manos del bienestar inmediato. Antes la salvación se buscaba en la iglesia; hoy, en la inteligencia artificial, una especie de religión sin dios.
En definitiva, la Semana Santa canaria actuó como un espejo de nuestra contradicción. Mientras la clase política canaria ha llevado a la sociedad a abandonar su identidad en aras del turismo, las nuevas generaciones están regresando a lo espiritual como respuesta al vacío de significado. Por eso, ver una procesión o participar en parrandas con trajes típicos o comer comida tradicional el Día de Canarias no es solo un acto de fe o de celebración cultural, es, sobre todo, un gesto de resistencia frente a la dictadura de lo instantáneo. ¡Bienvenidos y bienvenidas a las trincheras!
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