​El 30 de mayo se celebra el Día de Canarias. Una fecha que conmemora la primera sesión del Parlamento de Canarias en 1983 y que simboliza el inicio de la autonomía del archipiélago. No se trata solo de un hecho institucional, sino de un momento en el que Canarias comienza a definirse políticamente desde dentro, a construir un marco propio de representación y decisión. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa dimensión institucional ha ido perdiendo protagonismo frente a la celebración cultural. El foco se ha desplazado desde lo político hacia lo identitario, desde la construcción de autogobierno hacia la representación de lo que somos. Y es ahí donde el Día de Canarias adquiere su forma actual: una jornada dedicada a mostrar, compartir y, en teoría, celebrar la canariedad. O al menos, lo que entendemos por ella.

​Basta con salir a la calle ese día para reconocer una imagen que se repite año tras año: trajes tradicionales, romerías, parrandas, grupos folclóricos, chácaras y tambores marcando el ritmo, bailes populares, mesas llenas de comida: gofio, papas arrugadas, queso, mojo, etc. por otro lado plazas convertidas en puntos de encuentro. A eso se suman ferias de artesanía, exhibiciones de lucha canaria, muestras de oficios tradicionales y actividades escolares que intentan acercar esa idea de “lo canario”. Todo eso forma parte de Canarias. Todo eso es real. Pero no es todo.

​Si algo caracteriza al Día de Canarias es esa especie de concentración de símbolos: en un solo día se intenta mostrar lo que somos, como si la identidad pudiera resumirse en una sucesión de imágenes reconocibles o como si bastara con vestirse, comer y bailar para explicar siglos de historia y mezcla cultural. Y ahí aparece la primera duda: ¿estamos celebrando la canariedad o representándola? La diferencia no es menor. Celebrar implica conocer, sentir y entender lo que se está haciendo; representar, en cambio, puede quedarse en la repetición o en reproducir una imagen que sabemos que encaja, aunque no siempre sepamos de dónde viene.

​Por eso, muchas veces el Día de Canarias se mueve en esa línea difusa entre lo vivido y lo escenificado. Nos vestimos de mago o maga, pero no siempre conocemos el origen de esa vestimenta. Comemos productos tradicionales sin pensar en lo que han significado históricamente: el gofio como alimento básico de supervivencia, el queso ligado al mundo rural o las papas como parte de una adaptación al territorio. Es como si la cultura se comprimiera en un formato accesible, rápido y reconocible; una especie de resumen que, sin embargo, no siempre hace justicia a la realidad.

​La canariedad no funciona como un resumen porque no es una realidad única. No es lo mismo la tradición en El Hierro que en Gran Canaria, ni suenan igual los tambores en La Gomera que en Tenerife. Cada isla y cada municipio han construido sus propias formas de vivir la cultura con matices y ritmos propios. El Día de Canarias tiende a unificar toda esa diversidad en una sola imagen, incurriendo a veces en la simplificación. La canariedad no es solo folclore o gastronomía; es también historia, territorio, lenguaje, memoria colectiva y maneras de entender el tiempo y el trabajo en unas islas con condiciones muy concretas.

​Es lo que hay detrás de todo lo que se muestra: las chácaras y los tambores como tradición transmitida, la lucha canaria como herencia y la artesanía como conocimiento. Incluso las leyendas, como la de San Borondón, son imaginario colectivo para explicar lo desconocido desde lo propio. Cuando todo esto se concentra en un solo día, corre el riesgo de convertirse en una imagen fija que se mira, se disfruta y se deja atrás. Aparece entonces la diferencia entre consumir cultura y vivirla. Consumirla es asistir a una celebración puntual; vivirla es integrarla en el día a día y entender su sentido.

​El problema no es la fiesta, pues la fiesta es necesaria; el problema es cuando la fiesta sustituye al contenido. Cuando el Día de Canarias se convierte en el único momento en el que lo “canario” se hace visible, se corre el riesgo de relegar todo lo demás al olvido cotidiano, como si la identidad tuviera fecha de activación y desactivación. Pero la canariedad no es un evento ni una cita anual: es algo que se construye todos los días en cómo se habla, en cómo se mantienen vivas ciertas prácticas y en la relación con el territorio, el mar y el paisaje.

​Por eso, el verdadero sentido de esta fecha no debería estar solo en lo que se muestra, sino en lo que invita a pensar. No solo en celebrar lo que somos, sino en preguntarnos cuánto de eso sigue presente en nuestra vida diaria. El reto es evitar que la identidad se vuelva decorativa. Lo que está en juego no es cómo nos vemos ese día, sino cuánto de eso sigue vivo cuando la fiesta termina. Porque al final, entre romerías y bailes, la pregunta sigue siendo la misma: si todo eso nos representa o si simplemente lo representamos

Añadir nuevo comentario