
—Espera, que pongo el aguasal al fuego y te llevas unas papitas arrugadas.
Mi abuela tenía su caldero, el de siempre, donde guardaba el aguasal de una vez para otra. Y tampoco preguntaba si tenías hambre ni si ibas con prisa. Daba por hecho que, antes de irte, había algo que hacer: cuidarte. Mi abuelo trabajaba el campo, madrugaba sin ruido, como si el día empezara antes para él que para el resto. De esa vida también venimos.
En ese gesto estaba todo. No hacía falta explicarlo, porque en esa manera de hacer cabía una forma de estar en el mundo que se aprende sin que nadie la enseñe. No hace falta decir “Canarias” para reconocerla: aparece sola en lo pequeño, en una cocina encendida, en la ropa tendida que se mueve con el viento, en esas conversaciones que se alargan sin mirar el reloj, en llevar una rebequita “por si acaso”, porque cuando cae el sol aquí siempre refresca.
Crecemos así, entre cosas que no siempre sabemos explicar, pero que se nos quedan dentro como una manera de hacer, de mirar, de estar. Son, al final, pequeñas historias atrapadas en el tiempo, historias que no se cuentan en voz alta pero que sostienen lo importante, que aparecen en una frase, en un gesto, en ese “llévate algo” que nunca era solo comida. Aquí hemos aprendido a cuidar sin anunciarlo, a estar pendientes sin invadir, a dar sin
convertirlo en algo extraordinario.
También venimos de lejos, de maletas hechas con lo justo y despedidas sin fecha clara de vuelta, de quienes se fueron buscando algo mejor y aprendieron a empezar de nuevo. Por eso sabemos lo que significa llegar… y lo que se agradece cuando alguien te abre la puerta.
Por eso, cuando alguien aparece, no hace falta preguntar demasiado: simplemente, se le hace sitio.
Somos tierra de volcanes, y algo de eso se queda dentro: esa forma de sostener, de aguantar, de recomponerse sin hacer ruido, de seguir incluso cuando no es fácil.
Hoy son muchos los que salen fuera, a estudiar, a trabajar, a buscar oportunidades, y es curioso cómo, a veces, es lejos cuando uno entiende dónde estaba. Con todas nuestras limitaciones, que las tenemos, descubrimos que también hay algo aquí que no es tan fácil de encontrar fuera.
Por eso, aunque uno se vaya, nunca termina de irse del todo. Hay cosas que no caben en una maleta: una forma de decir tu nombre, una cocina encendida “por si acaso”, un gesto que aparece sin pedirlo. Y en medio de un tiempo que empuja a cada uno a lo suyo, aquí seguimos encontrando huecos para lo compartido, sin hacer ruido.
No hace falta decir mucho más. Porque lo importante no está en las palabras que se repiten un día concreto, sino en todo eso que seguimos haciendo sin darnos cuenta.
En seguir poniendo el aguasal al fuego.
Como hemos hecho siempre.
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