
A Cruz del Carmen Glez. Pérez
C. Amorcillo s / nº
Diseminado de almas.
CP: 0000
Querida mamá:
Faltan apenas dos días para el 3 de mayo, tu cumpleaños, y andamos por casa con los ánimos envueltos en ternuras almibaradas.
Ante mis ojos se recrean, como una estrella fugaz, un baile de imágenes de aquellos momentos de la infancia compartiendo contigo una tarea que yo veía como un juego. ¡Qué generosa es la memoria!
Si cierro los ojos puedo volver a verte entrando en la casa, contenta, con la cesta de mimbre repleta con varias docenas de claveles rojos, un puñado de hojas tiernas de helecho y algunas ramas de lluvia, cargadas de delicadas y diminutas florecillas blancas.
¡Te gustaban tanto las flores! Por eso teníamos un patio precioso, repleto de plantas que se propagaban fecundas en aquel vergel en el que te recreabas.
Aquel rincón que cuidabas con tanto mimo te izaba por encima de la pobreza, resarciendo toda tu pena. Eras una dama llena de natural riqueza y, en las calas, periquitos, azaleas y geranios, tenías tus joyas. Tus únicas y valiosas piedras preciosas.
Y, en esas tardes del 2 de mayo, después de la merienda, con el viento de nuestra parte, nos poníamos manos a la obra.
Todo comenzaba cuando retirabas el frutero de la mesa y el mantelito de ganchillo que lo sostenía. Disponías los ramos, la tijera, el hilo de acarreto y el armazón de madera en forma de cruz. Yo me sentaba a tu izquierda, dispuesta a participar de la aventura. Siempre me mantuviste cerca, involucrada en tus propias tareas, que hacías también mías. Fue producto de esa dedicación tuya por la que aprendí a resolver cuestiones de índole doméstica, además de los valores religiosos, sociales y estéticos.
Mientras tus manos laboriosas no se concedían pausa, y casi sin mirarme, me brindabas la catequesis de aquella fiesta que se conmemoraba y que heredaras de tu madre. Aquella era la cruz donde habían sacrificado a Jesús, y la Iglesia celebraba la Invención – es decir, el hallazgo de la Veracruz- en un día tres de mayo, por santa Elena. Y de esta manera práctica se plantaba en mi corazoncito la misma semilla de la tradición devocionaria que habitaba el tuyo y que habría de germinar a su debido tiempo. Mientras, te iba dando las flores alternándolas con las ramas verdes de la rumora, atenta a tus palabras.
Al rato, llegaba el silencio. Yo observaba tu silencio, y fue así cómo empecé a conocerte. En él estaban la preocupación por los pocos dineros; por la tardanza de papá, cuando levantabas la mirada hacia el reloj de la cocina; y, hasta la reconducción de tus infelices pensamientos, que concluían con un largo y hondo suspiro. Cobijabas en mi rostro tu sin nada, y me sonreías como si yo fuera tu tabla de salvación.
Una vez concluida tu obra de arte, recogías todo el sobrante de tallos y ramas y la apoyabas contra la pared, mirándola con ladeos de cabeza en un intento de calibrar la simetría del conjunto. Pero, aún había de realzarse, más si cabe, tu prodigio a categoría de alhaja cuando metías tu mano derecha en el lebrillo con agua y la sacudías con un movimiento rápido, impulsando tus dedos, a modo de hisopo vivo sobre las flores prietas, asperjándolas. Las cientos de gotitas que quedaban adheridas a los olorosos pétalos de bordes irregulares en tono carmín, adquirían el brillo y reflejos diamantinos bajo la luz del bombillo de la cocina.
Embelesada, con los codos apoyados sobre la mesa y las manos debajo de mi cara -que también recibía algunas gotas- me extasiaba ante tanta belleza inconsciente de la fugacidad de esta ofrenda religiosa. De esta manera la pieza de exultante rojo, laureado en filigrana verde y salpicado etéreamente con minúsculas florecillas blancas, quedaba lista para ser colocada, antes de acostarnos, sobre la puerta donde papá había colocado ya una alcayata.
Rendida tras los avatares del día, al poco rato me llevabas a la cama donde rezábamos para agradecer las bondades de la jornada.
“Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que me acompañan…”
Que concluía con tu canto a modo de arrorró:
“Nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene nada le falta…”
Era en esos momentos cuando tu alegría cedía, dejando paso a una especie de velada tristeza. Tus ojos ya no tenían la misma viveza de por la tarde, y te costaba sonreír. Tal vez te cantabas a ti misma la gran exhortación. Advertí, años más tarde, que nunca tuviste fiesta de cumpleaños ni regalos, y que pasabas mucho tiempo sola… Lo remediamos en cuanto pudimos.
Ha pasado mucho tiempo. Y, tras las terribles vicisitudes de tu dolorosa partida, aquí estoy, tomando tu testigo, enramando la cruz a pesar de mi rebeldía crítica, de mi disidencia intelectual; cumpliendo la encomienda, sintiendo tu presencia y en compañía de mi hija a la que, ahora, le cuento por qué se enrama la cruz el día 3 de mayo.
Te quiere siempre, tu hija Lola Mari.
Telde, a 1 de mayo de 2025
Antología colectiva “Latidos volcánicos”. 2025
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