A la mar fui por naranjas, pero encontré un bombón salado y la palabra me escribió.

El viaje comenzó en un paisaje suave, como el abrigo de lana que me hizo mi madre. Avancé por el agua que fluye como la memoria, y vibré con la risa lejana bajo la presencia del poeta en bronce.

Seguí hacia el meridiano un sábado que también fue domingo, bajo cielos en secreto. Caminé por el Garoé, al encuentro del milagro del agua.

Gota tras gota llegué a su torre, donde los silbos suben y bajan por los barrancos, llevando voces que aún regresan como consuelo.

La estrella  es guía hasta la nieve, cumbre sobre todas las islas, donde a veces nos descalzamos por dentro en este continente diminuto.

Recalé en orillas redondas con encajes antiguos. Allí la vida camina sin pausa por Triana y deja entrever que nada es lo que parece.

Con sal me senté y dialogamos con el agua, y toqué su arena, donde el viento no solo sopla: escribe.

Letra a letra, el arte de estas islas permanece. Y en la voz, entre lava y horizonte, la tierra se dibuja.

Remo a remo me acogió la chiquitita joya entre olas, donde la calma es forma de estar: habita en el decir, con verdad y sin exceso, bajo la mirada del mar Chinijo.

Estas son mis islas. No crecen, pero el deseo de nombrarlas desborda la orilla. Sus recursos son frágiles, como agua entre los dedos. Pero el lenguaje las sostiene.

Desde mi Arico, todo se recoge en un instante de silencio. Y las islas siguen llamándose.

Si te ha gustado este artículo puedes leer el anterior,  en el siguiente enlace: Nuestra Asociación Cultural Canarias de escritores/as ACTE: enlace:https://www.actecanarias.es/es/node/2437

Añadir nuevo comentario