Empezaré reflexionando sobre el significado del concepto “educar” o “educación”. Este es un concepto clave en toda la tradición filosófica de Occidente. Sócrates dedica toda su actividad filosófica a la formación de la mente de los jóvenes. El núcleo de la filosofía, para él, es la actividad de enseñar a pensar a los jóvenes por sí mismos. Platón, siguiendo a su maestro Sócrates, en la República, nos dice que el mundo de los humanos está dividido en dos niveles: el de la oscuridad y el de la luz, y lo que distingue a la luz de la oscuridad es la educación. Platón entenderá por educación el arte de desvelar el conocimiento, es decir, sacar a la luz la verdad que estaba oculta u olvidada. Este arte se realiza a través de un método. Este método es representado como un esforzado ascenso por un camino difícil, plagado de sufrimientos y desconciertos, pero que conduce a la única felicidad auténtica que es la sabiduría. Sin entrar en el contenido idealista del pensamiento de Platón, sí nos interesa resaltar la importancia de la educación en el proceso de crecimiento humano, la necesaria salida de la ignorancia para acceder a una vida buena y la necesidad de un método para conseguirlo, así como la aceptación de que ese camino requiere un esfuerzo.
Educar significa para toda la filosofía humanista, desde Sócrates y Platón hasta nuestros días, pasando por Rousseau, Kant y Marx, conseguir un desarrollo armónico e integral de las capacidades humanas. Tanto de las cognitivas como de las creativas y de las morales. No se trata solo de aprender contenidos epistemológicos o científicos, sino de desarrollar destrezas intelectuales y morales que permitan el acceso a la libertad, y a la dignidad, humanas.
Yo creo que la educación puede mejorar a las personas, por ello tengo una gran fe en el poder de la educación como medio para que las personas adquieran autonomía y dignidad. Para descubrir la mejor forma de conseguirlo se han desarrollado todas las teorías de la educación o teorías pedagógicas que constituyen una ciencia particular: la Pedagogía, que ha producido teóricos tan importantes como Piaget, estudioso de la evolución de la inteligencia y de la importancia del sistema educativo para lograr buenos resultados. A él se debe la afirmación de que no hay que apresurar la transmisión de conocimientos antes de tiempo, hay que esperar a que el desarrollo de la inteligencia lo haga asequible al alumno-a. Freinet, introduce métodos que hagan más atractivas las actividades escolares y reflexiona sobre las categorías de autoridad e interrelación entre profesores y alumnos, incluyendo la simpatía como ingrediente importante. Illich pone mucho el acento en la autonomía y la libertad del alumno en el proceso de aprendizaje, lo mismo que Neill, quien realizó el famoso experimento educativo de Summer Hill, con el slogan de “dejar crecer en libertad”, sistema escolar en que no existía ni una sola materia obligatoria. Montessori investiga sobre la importancia del juego en el proceso educativo y tiene en cuenta las investigaciones de Piaget. Freire subraya el aspecto político de la educación y la actitud de compromiso que deben tener los educadores: enseñar a leer es un acto político, la educación es un arma de liberación, de resistencia a la esclavitud. El que es capaz de pensar por sí mismo, difícilmente se someterá a otro. Todos ellos preocupados por el arte de descubrir y ayudar a desarrollar lo mejor que hay en las potencialidades humanas. Es decir, que la educación es el camino necesario para poder tener una vida humanamente aceptable, es el camino para descubrir los elementos esenciales de la vida, para aprender a ser personas. Y, por tanto, la educación es un derecho humano fundamental. Toda persona debe tener derecho a la educación, porque es un bien imprescindible para vivir.
La educación tiene un aspecto de aprendizaje que comienza desde el nacimiento. Al nacer, el ser humano es poco más que un manojo de reflejos. Todas las capacidades humanas comienzan siendo potencialidades que pueden desarrollarse o no, y si lo hacen es a través de la educación. Ese proceso de aprendizaje se llama socialización y tiene varias etapas.
La primera es de tipo “natural” y se produce en la familia. En esa primera etapa, desde que se nace hasta los dos o tres años, aprendemos todo de la familia y en especial del padre y la madre. Ese aprendizaje se realiza en gran parte por imitación y está condicionado por los hábitos, estereotipos, valores, creencias y actitudes de los padres. Ese primer momento de la vida constituye una red de significados simbólicos que contribuirán a la construcción de la base moral, sensible y afectiva del nuevo ser. En ese momento se elaboran las bases de la vida afectiva y sexual, así como del carácter. Pero también se crean relaciones sutiles de poder y dominación, de los padres hacia los hijos-as, como ha estudiado el sociólogo P. Bourdieu. En cualquier caso, es entonces cuando se crean las bases para llegar a ser persona. Por todo ello, la responsabilidad de los padres es grande y la huella que imprimen en sus hijos-as es importante, pero no indeleble.
La segunda etapa viene marcada ya por la institución educativa, el jardín de infancia o guardería y la escuela. En este momento, la figura simbólica de los padres se amplía con la figura del maestro y la maestra. En este primer momento de la escolarización, los valores, actitudes y hábitos de la familia se verán reforzados o cuestionados por los de la maestra o el maestro. Además, empieza el contraste con la carga valorativa y simbólica de los otros niños-as.
A partir de este momento, toda la sociedad va a participar en el proceso de transmisión de valores, actitudes y hábitos hacia los nuevos sujetos sociales. En esta participación, los medios y redes de comunicación van a jugar un papel verdaderamente importante y, sin duda, las redes sociales, como tic-toc, X y la televisión, tienen un lugar principal. Todos los objetos de cultura creados para la infancia, desde los cuentos hasta los dibujos animados, pasando por los programas infantiles, las películas, etc., están plagados de valores, estereotipos, creencias, actitudes, etc., que van a influir en los nuevos seres, que no se librarán tampoco de la publicidad pensada para ellos, lo que contribuirá, entre otras cosas, a desarrollar su espíritu consumista. En esta etapa los individuos imitan, obedecen e internalizan las normas y los valores que la sociedad les transmite.
La tercera etapa, la podemos situar desde los 12 hasta los 15 o 16 años, momento en que el alumnado cursa la enseñanza obligatoria. Esta etapa coincide con el nivel de formación moral que Kölberg denomina de moral convencional, es decir, que el sujeto acepta las normas y las leyes, como convenciones que no hay que analizar sino obedecer. En esta etapa llegamos al final de la tarea de socialización o formación de los individuos. Es decir, que la influencia en la formación de los sujetos sociales, se incrementa en este momento, y a partir de él, cada individuo podrá revisar el bagaje de valores y creencias que la sociedad le ha transmitido.
La ley que regula los planes educativos debería establecer qué conocimientos son los fundamentales y básicos para la formación de todos los sujetos; y para ello sería deseable que se tuviera en cuenta las reflexiones de los expertos y de los implicados sociales sobre la finalidad de la enseñanza obligatoria. Es decir, que sería necesario un amplio debate social.
Desde mi punto de vista, uno de los objetivos prioritarios de la educación es potenciar el desarrollo de la capacidad de análisis y del espíritu crítico del alumnado, para que puedan defenderse ante todos los mensajes que bombardean al individuo diariamente desde todos los medios de propaganda tanto publicitarios como políticos. La capacidad de discernir y valorar de forma personal es, para mí, el principal fin de la educación básica y es el medio para adquirir una autonomía personal, es decir, inducir al alumnado a asumir el legado kantiano: “sapere aude”, tener la osadía de pensar.
Este cometido se realiza, principalmente, a través de las disciplinas formativas, como la ética, la educación para la convivencia (que ya no existe), la lengua y la literatura, la filosofía y el arte, así como aprender a razonar. Estas materias desarrollan la capacidad de pensar y analizar, así como la sensibilidad y el espíritu crítico. Las materias instrumentales e informativas, como las matemáticas o la geografía y la historia, o los idiomas extranjeros, deberán completar el currículo, sin desequilibrar la balanza en su favor, porque tienen una carga formativa inferior que las otras disciplinas.
Por último, en la cuarta etapa, que coincide con el bachillerato, el individuo ya debería ser capaz de analizar y revisar todos los valores, estereotipos, creencias que la sociedad le ha transmitido y aceptar o reformar dicho legado. A partir de este momento nos encontramos en lo que Kölberg llama etapa post-convencional, es decir, solo aceptaremos aquellas normas que moralmente nos parezcan aceptables. Ha terminado la evolución de la inteligencia, según Piaget, y el individuo ya puede ser autónomo y utilizar su propio criterio racional. A partir de este momento aumentará la cantidad de conocimientos, pero no desarrollará nuevas destrezas intelectuales. Es decir, ya es un sujeto maduro. Esto ocurre solo en un plano ideal, porque en la realidad casi ningún individuo llega al bachillerato con esas potencialidades desarrolladas; por tanto, se debe seguir insistiendo en ellas a través del bachillerato.
Hemos visto que la educación es un proceso de aprendizaje integral a través del cual los seres humanos llegan a ser personas autónomas y capaces de elegir sobre aspectos importantes de su vida, como los valores, las creencias, las actitudes. Y que también pueden desarrollar sus posibilidades tanto expresivas como intelectivas y productivas y ser capaces de optar por una profesión, es decir, elegir a qué quieren dedicar su vida laboral. Por tanto, la educación contiene todos los elementos que necesita un ser humano para vivir.
Por esto es un derecho humano fundamental. Educar siempre es informar, pero no siempre informar es educar. La educación se sirve de la información para conseguir uno de sus objetivos: el que se refiere a la capacidad productiva o cognitiva de los sujetos, pero el objetivo principal de la educación es desarrollar las capacidades integrales de los sujetos. Cuando la educación tiene la información como finalidad, se dirige a la creación de expertos, de peritos, de técnicos, pero no atiende el aspecto humano crítico, creativo y responsable desde el punto de vista humanista y moral.
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