Desde niña me sentí atraída por el mundo del color, la fantasía, los dibujos de los cuentos.

Mis padres me compraban lápices de colores y yo me pasaba horas pintando.
No pensaba que llegaría a realizar un cuadro algún día. Creía que se necesitaba un talento innato, propio de mentes privilegiadas y yo carecía de él.
Pese a todo, no dejé de admirar las obras de arte y estudiar autores y estilos.

El trabajo profesional fuera de casa, junto al cuidado de la familia y hogar, ocupaban todo mi tiempo.

Con el paso de los años quise buscar un hueco y realicé cursos de pintura al óleo intentando conocer la técnica.

Me encantó el mundo del óleo y la policromía que se podía lograr con sus matices, en definitiva, conocer el arte de primera mano y manejar los secretos de la paleta. Busqué motivos que atraían mi atención, pintaba a horas tardías cuando podía, cuando encontraba un rato para mí.

Al siguiente día iba a ver cómo había quedado el esbozo y si la mancha estaba seca. Me emocionaba constatar lo que sucedía, cómo se podía plasmar la realidad observable en un trozo de lienzo, incluso, en ocasiones cartón.

Montaba bodegones, otras pintaba el mar, el oleaje, frutas, paisajes, utensilios de cocina y lo que tuviera alrededor, incluyendo fotos de revistas.

Viví una etapa maravillosa de mi vida, fueron años de aprendizaje e ilusión. Hice exposiciones colectivas en el Teatro Leal, Hotel Aguere, Plaza del Adelantado, Escuela de Magisterio, Cafetería Tutti Frutti, La Caixa…
"La ilusión o la curiosidad tenía más fuerza que yo, me arrancaba "horas de sueño" que no me importaba perder.
Aprendí a soltar el trazo, la pincelada se hizo más suelta, no había razón para ceñirse al modelo, para ello ya existían cámaras fotográficas.

Los trabajos iban tomando nuevos rumbos, aprendiendo a "mirar" y canalizar los sentidos. Diferenciando combinaciones de un mismo color, tonalidades y degradados, argumentando escenas con elementos alternativos.

Tras unos ocho o nueve años, dejé los pinceles por la pluma, una forma de expresión más llevadera. Requería menos espacio, podía escribir en cualquier momento o lugar, y moverme con mayor libertad. Así comencé otra etapa diferente, el mundo de la literatura, con prosa poética, cuentos y narrativa.

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